¿Me podría explicar señor Martínez, porque narices viene usted vestido como un vagabundo a la oficina?
Mire señor director, con todos sus respetos debo decirle que si vengo así vestido a la oficina es debido a una causa de fuerza mayor que me propongo explicarle a continuación.
Esta mañana, me he levantado a la misma hora de siempre. Antes de ir a desayunar, he ido al baño para afeitarme y darme una ducha. Como llevábamos una semana de vacaciones, me había dejado algo de barba y necesitaba afeitarme para volver a la oficina, como es normal. Mire usted, yo tengo una manera de afeitarme que lo mismo es algo extraña, pero es algo que llevo haciendo desde que tengo 16 años.
Empiezo a afeitarme las patillas hasta que las dejo perfectas, sin un pelo que salga de la línea que quiero. Después, empiezo a ir hacia el centro hasta que no queda nada. Pero lo que me ha pasado hoy es algo inaudito. Cuando estaba a punto de acabar, he notado como mi maquinilla ha empezado a sonar raro y de repente se ha parado. He intentado arreglarla, pero no ha habido manera. Cuando me he mirado al espejo, me he dado cuenta de que lo único que me quedaba por afeitar era un pequeño bigotito hitleriano que no había ya manera de quitar. He empezado a buscar en los cajones alguna cuchilla de mi mujer o algo parecido, pero nada. No he encontrado algo que me pudiera valer. Al final me he dado por vencido, y mientras me duchaba pensaba que no pasaría nada grave porque fuera un día así a la oficina.
Cuando he salido del baño y he llegado a la cocina para dar los buenos días a mi mujer, esta se me ha quedado mirando.
- ¿Ya estás haciendo el idiota de nuevo? Eres como un niño pequeño. Parece que nunca vas a madurar.
En ese momento ha entrado mi hija pequeña, y cuando la he dado un beso, me ha dicho “papa tonto, pincha” y se ha sentado enfadada. Viendo la situación, he preferido salir cuanto antes de casa.
Al meterme en el ascensor, he visto dentro a Felipe, el del segundo B, socialista de toda la vida que me ha mirado con una cara de odio que no podía aguantar. Yo le quería explicar que la maquinilla no funcionaba, pero bueno, al final he pensado que era peor y me he quedado callado mirándome los zapatos hasta que hemos llegado al portal.
Al salir a la calle he visto en la acera de enfrente a Tobías, muy buen amigo mío que hacía tiempo que no veía. Al saludarle he debido levantar el brazo de una manera extraña, porque algunas personas han empezado a llamarme fascista.
Cuando me he metido en el metro las cosas han ido peor. Debe ser que al tratarse de un espacio pequeño y concentrado, el odio se va retroalimentando y al final casi me pegan entre una viejecita republicana, varios estudiantes y un hombre serio y formal que quería desahogarse.
He tenido que salir tres paradas antes, porque de verdad temía que me fueran a hacer algo. Al subir las escaleras para intentar salir a la superficie, he escuchado los gritos de los que me intentaban atrapar, ¡nazi, asesino, vergüenza te debía dar!
De la gente que entraba al metro, ha habido algunos que se han unido al grupo anterior y ahí he empezado a correr. Por primera vez en el día he sentido pánico.
Aquella gente que me perseguía debe ser que no tenían nada que hacer, porque han estado un buen rato detrás de mí. Incluso la anciana republicana. De no ser por aquel vagabundo que vi pidiendo una limosna, no sé que habría sido de mí. Al verlo se me ocurrió algo y me metí en un parque.
Había sacado algo de ventaja a mis captores, y tuve tiempo suficiente para cambiar mi apariencia. Me rompí la chaqueta y los pantalones, me manché entero con un charco de barro que había ahí cerca y cogí un poco de arena blanca y me la eché en la cara. Por último cogí una ramita caída y la utilicé como bastón.
Cuando aquella panda de energúmenos llegó a mí, no me reconocieron. Me preguntaron si había visto a un nazi por aquí cerca corriendo. Yo, sonriendo, les dije que no con la cabeza.
Salí del parque y la gente se paraba a mirarme. Algunos me decían, ¡A mí también me encantó El gran dictador! y yo sonreía agradecido. La gente se mostraba amable conmigo y me recordaba sentimientos que había tenido al ver películas de Chaplin.
Sabía que debía ir a casa a cambiarme, pero ya casi eran las nueve y estaba al lado del trabajo. Por eso he venido así a la oficina. Lo siento, le prometo que será la última vez.