no se nada, lo siento

no se nada, lo siento
no sé nada, lo siento

3 de agosto de 2015

Nueva entrada en La Galla Ciencia: dejar en paz los tiempos muertos



Montar en el metro, en el tren o en el bus tiene algo de pausa. Durante un rato (cada vez más con la falta de medios en los medios, mira qué cosas) tenemos que enfocarnos en un libro o en una aplicación del móvil o yo que sé, pero ¡ah!, si se te ha olvidado el móvil o el cuaderno o el libro, ¿qué hacer? ¿Que qué hacer? Pensamos en qué hacer como si nuestra vida fuera el agua de un cubo y estos pequeños tiempos muertos e “inútiles” la raja por donde se escapa nuestro “aprovechamiento”. ¿Qué hacer? Pues hacer lo que se ha hecho siempre, mirar a la gente, o el paisaje, o pensar en tus cosas o yoquésé.


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15 de julio de 2015

arrastrarse por el día hasta llegar al pozo de nuestros cuerpos
prueba olímpica sagrada donde dejamos atrás el cascarón de la piel
chocar con el almíbar de las verticales que nos recorren.

Lamer el musgo que crece en nuestros huesos
bajar a lo húmedo y liberar pájaros atrapados en la oscuridad.  

Cansarnos y descansarnos todo en la misma rama de hombro o de labio.
Salir a celebrar el zumo de nuestro amor con cerveza y amigos y bares sucísimos y alegres.
En la espiral de las calles nos dejamos llevar como peonzas líquidas, héroes en la caza del kraken de carcajada que atraviesa la profundidad abisal de la noche de Madrid.

Bucear en las grutas hasta quedar aparcados en las orillas cuando se secan los vasos.

Sujetos uno al otro en la resina de la lengua y llegar a nuestra casa,

atléticos de tendones y fiebre tropezamos con el hormigueo tropical que nos sacude y nos acerca al misterio, al descanso, a la barca que cruza la oscuridad y nos lleva desnudos a la mañana y a la resaca de las olas. 

12 de julio de 2015

Éramos el río donde chocaba la lluvia


A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo. Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien. 
Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba

¿Quién pone pasta para esta noche?

Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 
Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas. 



19 de junio de 2015

horror vacui

Parece que ya no quedan huecos. Todo se ha llenado de actividad y actividades. No se puede parar. No puedes esquivar esa penetrante y repetitiva sensación de estar perdiendo el tiempo, estar cada momento más cerca del fin, de la inactividad total. Y mientras tanto, solo importa cómo aprovechas el tiempo. Llenarlo de dinamismo, de aplicaciones de móviles, de películas, de música e, incluso, de libros. Parece que aprovechar el tiempo significa embutar la cultura, la formación, el amor, las amistades. Apretar todo bien, ponerle una goma al paquete para que no salte y aprovechar el tiempo. Si piensas en un día cualquiera, desde el momento en que te despiertas hasta el momento en el que cierras los ojos (porque incluso acostado también tienes que ser activo), no dejas nunca de hacer cosas. Esas rendijas, esos ratos “muertos” no serán “muertos” nunca más. Escribir el whatsapp mientras escuchas música mientras intentas leer un libro mientras abres el twitter y una página de internet. ¿Ratos muertos?
El aire es un lujo que no nos podemos permitir. No ser activo es morirse, dejarse morir mejor dicho. Si te mueres mañana, al menos, que no te digan que no aprovechaste la vida.