Islas divergentes

La corta pero intensa vida de un cigarrillo


Papier a cigarette, Alfons Mucha
Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.
Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.
Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.
En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no se que estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.
Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.
Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la cada de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, “pobre hombre”. Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.
Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. “Cuanto has tardado”, dice él. “No he podido correr más, dice ella”.
Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. “A ver qué te parece lo que he hecho de cena”, “a ver, a ver”, dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.
La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.
Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.
Para él fue una luz. Un resplandor mortal, ese calor, que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.
El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y ese aroma a tabaco.
Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche. “¿Cariño, tienes por ahí más tabaco?”

El café de los escritores

Tazze con cappuccino, por Federico Landi
El café de los escritores está en una pequeña calle en el barrio más antiguo y maltratado de la ciudad. Las casas vecinas sufren de problemas de piel, y sus fachadas se desconchan a jirones hasta el suelo. En realidad todo está abandonado y maltratado. Un lío. En otra época este barrió debió tener encanto. Estos portales y balcones ahora maltratados debieron de esconder algo de luz. Pero ya no. Eso es evidente.

Sin embargo, pese a que el entorno es frío y desolado, una puerta aparece y se abre hacia el café de los escritores. En la ciudad ya casi nadie lo conoce, y para llegar a él hay que perderse al menos tres veces para desembocar en su puerta.

Pero cuando se llega, cuando al fin se consigue llegar, tras esta puerta te recibe un señor muy mayor llamado Miguel, que inmediatamente te atiende y te ofrece el menú.

· Te a la tinta roja,
· café con tinta,
· tinta con leche
· bebidas de elevado porcentaje de tinta (Estos solo los ofrece más tarde de las ocho de la noche. Está prohibido vender hasta entonces).

Se puede elegir, barra y conversación o bien, mesa y degustación de los mejores papeles de la ciudad. Si se elige la primera opción, a este café suelen acudir los paladares más selectos y siempre dan consejos útiles sobre como acariciar una tinta o como agitarla y sacarla de su letargo.
Nunca escatiman en amabilidad y siempre te pasan una mano por el hombro.
La cafetería tiene humos y humores diversos. Ya estés en la barra, o sentado en una mesa, hay un revoloteo de pensamientos que no le dejan en paz a uno. Ya se sabe que la digestión del papel es difícil, pero aquí cuentan con los mejores y eso se nota en la digestión mental.
Si bien se ha elegido mesa y degustación, en unos momentos llega el joven camarero que se llama José y le ofrece el menú de comidas:

· Disponemos de un Guitarrista, reserva de Luis Landero.
· Por otro lado, nos acaba de llegar un Bolaño, muy bien acompañado con unos microcuentos Monterrosianos.
· También tenemos un Demián, muy crujiente y profundo a la salsa de psicología. Este es mi favorito.
· Por último le puedo ofrecer nuestra especialidad de la casa. Se trata de un papel que al saborearlo, suena como cuando la tierra seca traga agua. Es un Don Quijote reluciente y brillante. Estamos orgullosos de él. Es nuestro mejor plato.

El postre, como no, solo es uno. Se trata de un cuaderno en blanco, para que el cliente pueda escribir lo que le dé la real gana.

Ángel Gonzalez, viviendo un año después


CÓMO SERÉ...
¿Cómo seré ocuando no sea yo?
Cuando el tiempo haya modificado mi estructura,
y mi cuerpo sea otro,
otra mi sangre,
otros mis ojos y otros mis cabellos.
Pensaré en ti, tal vez.
Seguramente,mis sucesivos cuerpos
-prolongándome, vivo, hacia la muerte-
se pasarán de mano en mano
de corazón a corazón,
de carne a carne,
el elemento misterioso
que determina mi tristeza
cuando te vas,
que me impulsa a buscarte ciegamente,
que me lleva a tu lado
sin remedio:
lo que la gente llama amor, en suma.
Y los ojos
-qué importa que no sean estos ojos-
te seguirán a donde vayas, fieles.