Islas divergentes

19 de diciembre de 2010

Sacrificio

Painting 1946, Francis Bacon

La luz de la luna se extiende sigilosa y huidiza por las piedras de la plaza, por las caras de la gente, por sus mejillas hundidas de gente hambrienta y las convierte, por un momento, en calaveras. La plaza está llena, rebosa pobreza y rabia. Son casi las once de la noche en la plaza del pueblo, bajo la enorme torre de la iglesia y su afilada sombra.

En el centro de la multitud un cuerpo está atado, inmóvil a un mástil. Es el cuerpo de Tomás, el profesor de la escuela. En pocos minutos su cuerpo ancho y lleno de vida no podrá distinguirse del palo que lo sostiene. A las once se le va a prender fuego para demostrar a los presentes cuál es la costumbre que se debe aplicar a los que quieren enseñar al resto. Se ensañarían con él. El hereje moriría por fin.

Debajo de él, un espeso montículo de ramas y hierbajos secos lo sujeta y condena. La gente se impacienta. Siempre tan listo, tan orgulloso, tan altivo. Siempre lo sabía todo. Además, cuando volvía de la ciudad se convertía en alguien refinado y pedante que era insoportable. Menos mal que el señor Ferrán consiguió ejecutarlo. Todo el mundo le odiaba.

Atravesando la calle principal que lleva a la Plaza, se acerca el señor Ferrán, el banquero del pueblo, con la antorcha en la mano, poderosa. La luz del fuego rebota en el traje y deslumbra a la gente. Deslumbra a los ancianos con caras rotas y sucias, a jóvenes musculosos y sedientos, a las amas de casa aburridas. Camina orgulloso, sabiendo que va a hacer algo justo, necesario para el pueblo. "No se puede consentir que este hereje del capitalismo siga diciendo sandeces a nuestros futuros comerciantes", dijo en el juicio. Si, hubo juicio. En apenas veinte minutos se consideró culpable a Tomás por desobedecer reiteradamente las órdenes de la entidad económica del municipio, y además, enseñó a leer a dos niños textos no imprescindibles que no eran etiquetas de productos. Se le acusó y condenó en un tiempo record.

El banquero llega al borde de la plaza, mira al maestro un momento, ve su pobreza, su indecencia, su incapacidad económica para adquirir bienes y prende las ramas. Arriba, en el palo, Tomás ni se inmuta. El fuego crece, se multiplica en cientos de caras calientes que lo miran impresionados por su fuerza, por su pureza. El culpable va a morir. Desde la muchedumbre alguien grita: ¡Enseña ahora, hijo de puta!, se escuchan algunas risas desdentadas que se apagan con los primeros gritos de Tomás.

En una casa oscura, con las cortinas bajadas, una familia llora en una mesa pobre, de madera. En otros lugares niños y adultos se acuerdan un segundo de las letras, de cuando rozaban las aes y las bes con sus dedos índices mientras el señor Tomás les enseñaba el mecanismo suave de leer. Nadie hace nada.

Las llamas rozan al profesor que empieza a gritar. Los gritos chocan contra las paredes, contra las sucias orejas. En poco tiempo Tomás se convierte en un bloque negro, irreconocible. La gente siente alivio, tranquilidad. El mal está muerto, negro y seco por el fuego. Ahora son mejores. Ya no tendrán que temblar ante aquellos libros llenos de letras, llenos de ideas y de imágenes. Ya no temblarán cada vez que se abre un libro.

2 comentarios:

JOSE EDUARDO DE VICENTE GARCIA dijo...

¿Llegaremos a esto?. No es difícil, ya lo hemos hecho otras veces y la historia es una rueda.
Muy buen relato.
Un saludo.

Jorge García Torrego dijo...

Si sigue la dinámica de comprar y comprar despreciando todo lo demás, llegará un momento en el que los educadores que se atrevan a no enseñar que un mercedes es mucho mejor que un libro, serán un estorbo.
Saludos Gela,