Islas divergentes

A veces la carne tiene sabor a semáforo

Jacek Yerka



Esta eternidad coagulada

se repite calle a calle

en la ciudad sucia

en que se ha convertido mi cuerpo.


La velocidad de los dedos es relativa

a la suavidad del cuerpo pero los coches

que tienen ojos pero que no miran

no mueren nunca de amor.


Siento que los atardecederes se venden en rastrillos

o se caen a la basura

de pura tristeza.


Así no vamos a ningún lado, dijo ella

Y fue verdad.

El semáforo seguía en rojo.

Como un explorador, Joaquín Sabina

Antonio López, Los novios


Después de tanto tiempo al fin te has ido
y, en vez de lamentarme, he decidido
tomármelo con calma.
De par en par he abierto los balcones,
he sacudido el polvo a todos los rincones
de mi alma.

Me he dicho que la vida no es un valle
de lágrimas… y he salido a la calle
como un explorador.
He vuelto a tropezar con el pasado
y he decidido, en el bar de mis pecados,
otra copa de ron.

Y en otros ojos me olvidé de tu mirada
y en otros labios despisté a la madrugada
y en otro pelo
me curé del desconsuelo
que empapaba mi almohada.

Y en otros puertos he atracado mi velero
y en otros cuartos he colgado mi sombrero,
y una mañana
comprendí que aveces gana
el que pierde a una mujer.

Con el cartel de libre en la solapa
he vuelto a ser un guapo entre las guapas
chulapas de Madrid,
sólo me pongo triste cuando alguno,
en el momento más inoportuno,
me pregunta por ti.


Ella


Taylor Wood


Ella daba dos pasos hacia adelante
Daba dos pasos hacia atrás
El primer paso decía buenos días señor
El segundo paso decía buenos días señora
Y los otros decían cómo está la familia
Hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo

Ella llevaba una camisa ardiente
Ella tenía ojos de adormecedora de mares
Ella había escondido un sueño en un armario oscuro
Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla

Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina
Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad
Era hermosa como un cielo bajo una paloma

Tenía una boca de acero
Y una bandera mortal dibujada entre los labios
Reía como el mar que siente carbones en su vientre
Como el mar cuando la luna se mira ahogarse
Como el mar que ha mordido todas las playas
El mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos
de abundancia

Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas
Antes que el viento norte abra sus ojos
Era hermosa en sus horizontes de huesos
Con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado
Como el cielo a caballo sobre las palomas.

VICENTE HUIDOBRO

El príncipe




El príncipe llora

solo

en su castillo.


El príncipe llora y piensa en putas y en puertos

en entradas calientes.


La puerta del castillo huele a cárcel

huele a sudor de armiño

semen corrompido.


Las lágrimas tienen audiencia

con el príncipe y sus ojos secos.


El príncipe sueña con palacios irreales,

llenos de sirvientas y vino,

llenos de dolor y vida.

Luz


Frida Kalho, Mi nacimiento

Ya llegan las contracciones. La señora Flora siente su interior romperse y no puede hacer otra cosa que contraerse y apretarse la tripa por encima del jersey. Su marido, Pedro, va de un lado a otro de la casa intentando encontrar ayuda para su esposa. Hace dos minutos que Flora ha sentido las contracciones y él llamó justo después a la ambulancia. Están de camino. En su intento de ayudarla, ha traído a la cama toallas, una botella de agua, servilletas, trapos y a sus dos hijos pequeños que miran a su madre aterrorizados.

El instante es importante, pero a la vez trágico. Es evidente que una nueva vida va a nacer, pero el coste puede ser demasiado grande. Pedro vuelve a intentar acomodar, por decimoquinta vez, un poco mejor a su mujer en la cama. No lo consigue. Flora le aparta la mano con un movimiento casi demoniaco. Flora grita y grita y solo quiere sacar ese fuego de su cuerpo. Pedro empieza a pensar si no habría sido mejor llevarla al médico, haber tenido que soportar un viaje largo de diez minutos auxiliando a su mujer y tener que haber dejado a los hijos en casa de… El caso es que da igual. Lo hecho hecho está, y ya no se pueden cambiar las cosas. Seguro que la ambulancia está a punto de llegar.

Flora nota como su cuerpo duele y reclama un esfuerzo titánico de su parte. Los otros dos partos no fueron así de duros. Este viene fuerte. Se agarra a las sábanas y vuelve a gritar. Parece que ahí viene. Siente que aquí viene.

Llama a su marido y le dice que va a tener que ayudarla. Lo primero, que lleve a los niños a la habitación, son demasiado pequeños y no harán otra cosa que asustarse y molestar. Lo segundo, que llame a esa puta ambulancia de nuevo que va a dar a luz, joder.

Lo tercero, y último, que venga a ayudarla, que traiga más agua, gasas, y unas tijeras. Aquí viene. Las órdenes de Flora se cortan en ese momento y un golpe dentro de su bajo vientre le avisa que va a dar a luz. Ya está aquí.

Su pelo está empapado, y dibujos serpenteantes se forman en su frente. Pedro intenta ayudarla y calmarla, pero es imposible. Parece que la dilatación ha llegado a su punto máximo. Está al límite. Flora empuja, hace fuerza y siente como sus manos, sus brazos, sus pechos, y cada parte de su cuerpo empuja e intenta sacar a este nuevo ser al mundo. Sus fuerzas están al límite. Justo a punto de tropezar con un precipicio que representa el desmayo y el dejarse llevar. Sigue tentando a sus fuerzas, obstinada. Pedro la ayuda, empuja con ella, la intenta calmar y está con ella. No la ha dejado sola.

Parece que ya sale, ya sale, está saliendo, una superficie blanca ensangrentada aparece y Pedro y María cambian un poco su semblante y se miran por un segundo, no, menos de un segundo, porque aún no ha acabado, y primero hay que terminar de dar a luz, de empujar y de sufrir, y Flora, solo ella, es la que empuja, y es ella la que va a dar a luz, y es ella la que lo está haciendo, y aprieta todo su cuerpo y, por fin, ya está fuera. Ya lo ha hecho. Ya ha dado a luz.

Pedro no lo cree. Se siente afortunado. En los otros dos partos no pudo estar presente por culpa del trabajo, y ahora puede coger a su hijo en brazos y acunarlo y sentirlo cerca.

Busca entre las mantas, y recoge una bola blanca ensangrentada. ¿Qué es esto? Se da cuenta que tiene pliegues, que está arrugado. No es un niño, desde luego que no.

¡¿Pero qué es esto?! Lo abre poco a poco y al hacerlo se da cuenta de que dentro de él hay letras que dicen cosas. Instintivamente empieza a leer. Es un poema, parece:


Pasar la vida contigo

ha sido

es

y será un insulto

a cada alma,

que lucha y se mueve

para seguir viviendo.


Me estoy quemando

de mala manera

enlatada de cocina,

cama

llevo tu sombra en las cadenas.


La sangre me hará partir

buscar entre caminos pasados,

parados y resecos

huir,

y ponerte las cadenas

a ti,

carcelero de esencias que no sabe

hacer un huevo frito.

P.D-Te dejo. Por si no lo has entendido.

Esperanza


Waterhouse, The lady of Shalott

La vida estaba en sus piernitas
en sus coletas rubias.
Todo era tan suave
que olerla fuerte habría sido demasiado
para mis pobres pulmones de niño. 

La esperanza estaba ahí
revuelta
pero cuando corría,
cuando huía preciosa de las clases y los niños,
algo único se escapaba
caía
de su piel de animalillo enjaulado.

Tuve que romper la puerta
del baño de las niñas tantas veces
para descubrir que ya no estaba
que se había ido
escondida
detrás de los cigarros
en el corazón de la noche.

Poco a poco la esperanza
el nudo en la garganta y las miradas
se fueron perdiendo en mi carne
como un rutinario veneno
que no deja mancha.

Al fin me acostumbré a tratarlas
a rastrear lo único
pero ya era tarde.

Me rasgué la piel tantas veces
intentando hallar el mapa
la mísera pista
el abrupto encontronazo
de nuevo
entre el valle y mis ojos.

Noté la brisa algunas noches
pero la cama
(crítico e implacable animal nocturno)
con impecable furia
solo dejaba huesos y legañas rotas
cuando bajaba la marea.

La esperanza seguirá escondida en el fondo del bosque
cerraduras
que nunca podré abrir.

Uno que quiere......



Los días que cabalgan por mi sangre

deseando tiempo y espacio

saldrán hoy libres

furiosos

chocando contra el negro

de mis ojos

y el blanco

de la bañera.


....................................suicidarse

Las criaturas abisales, de Marina Perezagua




Las criaturas abisales de Marina Perezagua dan su bienvenida al lector con una adolescente cazaconejos que, de primeras, pone en alerta al visitante. Y es que la sugerente imagen de portada de Aron Wiesenfeld, The Delegate´s Daughter, muestra un resquicio inquietante de la realidad que atraviesa todos los relatos y los hace únicos.

Parece tópico pero en realidad no lo es. La realidad que palpamos, que compartimos con compañeros de piso, carteros, abuelos, niños y demás seres indescifrables tiene un resquicio de misterio, de mundos increíbles. Vale, desde Cortázar sabemos que esto es así, que la realidad cotidiana cultiva en barbecho monstruos, irracionalidades, entonces, ¿Qué es lo que nos ofrecen de novedoso los relatos de Perezagua?




En primer lugar, están muy bien escritos, que, por cierto, no es lo normal en este tipo de narración en la que se puede caer en un charco pringoso llamado falsedad o quizá en otro que se llama fantasía y donde el lector termina por ver la narración como algo ajeno y superficial. En segundo lugar, las historias que nos presenta son historias muy bien armadas, con una estructura trabajada, dejando siempre, en todo momento, un equilibrio extraño entre lo más extraño y la cotidianidad. Y por último, lo que me atrae personalmente de alguno de los relatos de Marina Perezagua es su capacidad de conmover, de, pese a estar tratando un tema tan "serio" como es el de la senilidad de los ancianos, se atreve a dar un punto de vista crudo y a la vez tan pegado a nuestra realidad que da miedo. Mucho miedo porque los monstruos somos nosotros. Monstruos por haber pensado alguna vez en dejar a la abuela loca abandonada en una gasolinera. Por ejemplo.

También se atreve a presentarnos su visión del amor. Representado en Iluminaria como un amor de ciencia ficción con el que podemos fantasear con la rentabilización del amor como energía renovable que salve el mundo (o que lo condene definitivamente), o tal vez, como el recuerdo de otra época, de amores y sudores de gimnasio, con las carnes fofas de dos los dos ancianos de Bodas de oro. Otro mundo que se presta al mundo híbrido de Marina Perezagua es el mundo del circo, y en ese terreno de forzudos y mujeres barbudas, enanos y atracciones de feria, la autora nos presenta a La impenetrable, una adorable chiquilla que se convierte por razones obvias en la estrella del cartel.

También podemos tirar el relato por la ventana para cear un nuevo mundo de seres acuáticos, que no rehuyen el mar porque es su mundo, su escondite (Nuevo Reino). Y es que, aunque nos empeñemos en poner orden, en tener nóminas (además, como si fuera fácil en estos tiempos), transportes públicos y documentos de identidad,al final, y aunque no nos demos cuenta habitamos rodeados de horizontes; somos vidas fluorescentes que antes vivían encerradas en cajones. Tal vez seamos salvadores del mundo en potencia, seres como el protagonista de La loba, que a través de sus pechos peludos realimenta un mundo postapocalíptico con kilómetros de miedo, hambre y odio.

Así son los relatos de Marina Perezagua. Son recortes valientes y amorfos de historias inverosímiles que, sin saber como, se sientan a nuestro lado y no nos sueltan hasta habernos dejado un rastro de imágenes alucinantes en la memoria.


Criaturas abisales

Marina Perezagua

Editorial Los libros del lince

Diseño de cubierta: Lucrecia Demaestri

Imagen de cubierta: Aron Wiesenfeld, The Delegate Daughter

Primera edición: mayo de 2011