Islas divergentes

21 de septiembre de 2011

Abeja

Taylor Wood



El sol era negro aquella madrugada en que Elisa empezaba a nacer de entre las sábanas de su cama.

Sus ojos parecían horizontes y pegados por el mismo oscuro que tapaba el amarillo del sol. Eran las 6 de la mañana. Demasiado temprano para la efímera Elisa.

A las 11 despertó por fin y se fue a su universidad. A estudiar.

Luis es un chico responsable y pudo abrir los ojos a las 7 con ayuda de una pala que tiene al lado de la cama. Ahora espera el rectángulo con ruedas que le vomitará cerca de su casa. Lee a Galeano. Y una abeja un poco despistada decide que no hay tanta diferencia entre los cuentos del uruguayo y las flores coloreadas.

Aterriza en una “mañana” y avanza lenta hasta un “rayo por la noche”.

Decide que es el néctar que necesita y sube al cielo cargando su cuerpo gordo pero feliz.

Tras volar un largo camino, cansada, llega, sin quererlo cerca de la cara de Elisa, la que sin motivo alguno, empieza a intentar golpearla.

La abeja, que en este caso podemos llamar Rebeca, decide inmolarse y clavar su corazón en la mejilla izquierda de Elisa, la que ante ese acto heroico, grita de dolor.

Aquel día Elisa aprendió más que cualquier día en la universidad, y además, quedó embarazada del libro que escribirá cuando tenga 37 años y tres hijos llamados Eduardo, Carlos y Nuria.

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