Islas divergentes

19 de noviembre de 2012

Sobre el convertirnos en ventanas

 Detalle de La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix

 
Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan los niños al frente de nuestros ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, y ya va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.
 
En nuestro paraíso de silencio útil y de lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, y por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.
 
Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron pero todo fueron cerraduras, que ellos también tuvieron la piel fresca y llena de manantiales pero todo fueron ladrillos que cortaron el camino.
 
Que yo se que con una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y que una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al precipicio del posible, pero también se que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que nos pesa en la espalda, ningún albornoz nos quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé, que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana a en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para nuestra tripa vacía. 
 
Por eso hay que ir preparando los músculos nuevos que nos lleven a la lluvia, los ojos que no saben tomar decisiones por ellos mismos y estas manos cansadas, lo sé, lo sabemos, de tropezar con todos los muebles de la casa y que lo único que quieren es meter en los dedos en todas las cuevas fértiles de la tierra.

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