Islas divergentes

9 de abril de 2014

Despertar

El día acababa de romperse, seis de la mañana, el pueblo cuesta arriba y nosotros solo teníamos la fuerza para juntarnos. Su cuerpo se agitaba bajo la ropa como si tuviera un pájaro sin aire. No hacía frío, pero la gente se dejaba caer a sus casas, cansados de batalla o deshilachados. Ella y yo chocábamos de vez en cuando, borrachos o no, quién se acuerda ya, por el suelo las riendas de la conciencia. Demasiado tarde o demasiado pronto.

Era chilena y su piel lamida por un sol artesano. En su boca se detenían las palabras un momento, luego caían suaves, cantadas. Tenía pelo color tinta, hacía pulseras y collares y 25 años. Yo pelo largo y dudas, un cuerpo quince años abriéndose y la palabra desenfocada en los labios, como quien no sabe cómo y el qué debajo, levantado de manos.

El cansancio de la noche y nuestras bocas calientes, supervivientes de la metralla y los cubatas. Mi primera vez, mi primera vez, todos los finales de las películas chocando en mi cabeza, mi primera vez y no había más opción que aceptar el verano con las dos manos, pesado y líquido.

Ella era la frutería del supermercado y mucho más. Las modelos de la tele y uf, mucho más. La búsqueda en algún punto de la niebla, canción huida de una boca y yo pasé por ahí con mi jilguero suelto. Ella era carnaval ardiendo en medio de la estepa, imposible no dejarse llevar en su baile de vocales saladas y acantilado.
Recordaba mis besos con los potros silvestres de mi pueblo y no sentía vergüenza de nuestros pequeños manzanos, de nuestra regadera tranquila, nuestras esquinas, brazos y manos en escalera. Todo tan pequeño y escondido de lo adulto. Y ahora la hormiga que descubre el laberinto del metro y llora porque no le alcanza. Veinticinco años acumulando deseo y orquestas y yo con entrada reducida para el espectáculo inesperado del sudor.

Goteábamos el día confusos, murciélagos vacíos de cuerpo y yo no sabía aún el color brillante del sexo. La risa en la pechera y la cerveza corriendo. Pareja de escalones y Sudamérica ahí tan cerca, yo que no conocía el fondo de mi bañera ni el camino del bosque y Chile bienvenido, desparramado en mi cuerpo tirando todo al pasado.

Subimos el pueblo en tirolina con los ojos cruzados, subimos todo el cuerpo hasta llegar a la espuma y su casa. Abrió la puerta como quien deja caer el tirante de un sujetador, ella me hablaba rizos y me besaba frutas desconocidas. Naufrago me llegaban olas por todos lados y qué dulce y tren chocando su cuerpo. Nunca abrir un melón fue tan fácil. Nunca la boca tan en medio de todo, atravesada de flechas y los cuerpos y el cuchillo abriendo tan suave.

Yo juntaba maniobras de lengua montaña rusa, regate o ladrido, dependía de su curva y mi sorpresa. Estábamos desnudos y sentí su latido acercarse despacio, pidiendo permiso, y luego qué decir de la palta, del maní, del tomate de árbol, de la maracuyá y de sus besos. Cómo puedo deciros que mi primera vez fue en medio del mar. Mi primera vez lamí el Aconcagua con una sed de mil sales de Uyuni. Pero cómo deciros que no tuve miedo al vértigo, a las calles de Santiago de Chile abriéndose festival por su piel, paseando por debajo del equilibrio de su tanga. No me llega el abecedario para contaros sus habitaciones, sus jardines vírgenes al ojo. Cómo. Cómo explicar que no conocía el mar hasta que en ella me atraganté de Pacífico y cuando volví a tomar aire ella ya no estaba, tan solo el recuerdo de un viaje muy largo.

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