Islas divergentes

2 de diciembre de 2015

Automático 02/12/2015

bailo cansado el silencio de la noche que tu dejas detrás de ti como moscas muertas.
Paladear el ruido de campanas que amanece cuando te levantas de la cama y me miras la médula para que todo siga bien, enganchado todo al rayo vegetal que somos juntos.

Te eché de menos como las fieras, golpeando mi cabeza contra el muro de tu silencio y espacio vacío. Como ducha caigo en tu piel en los días calientes de sogas y ladrillos gastados. Estoy buscando el país que soy, el territorio que he sido siempre y que quiero llenar de maleza. Hierbajos sagrados que permitan el refugio de los zorros y las perdices, aterrizaje para el sol de las 8.15 de la mañana.
Vas al trabajo y en el camino queda el imperio de saliva que fuimos en la noche. Yo cuido la cabaña y desordeno el aullido. Caliento la casa golpeando las paredes para que cuando vuelvas manchada de ciudad puedas calentarte los labios.

Juego de parejas con frío y calor, somos la órbita de los locos que no alcanzan nunca el centro del fuego sin palabras pero que extienden sus manos como brújulas.

Tengo una casa que no es mía y ya es refugio antinuclear por la energía de los libros empotrados en la pared, moviéndose en espasmos, como turbinas que quieren enchufarme su latido. Aquí compartimos el amanecer continuo de tiempo. En este rectángulo infinito de 30 metros.

Para llegar a ti, volveré a buscar abrigo para todos los niños que fui y que pasan frío entre mi húmero y mi muñeca. Ahí alojo yo los recuerdos pero noto un exilio. Ya no recuerdo el escenario para mis juegos y no se escucha viento. Algo se me escapó de las manos y yo solo miraba hacia delante, aunque me moje de muerte a cada paso no puedo dejar de mirar hacia delante.


A veces meto la mano en el fondo de mí, como el mago o la comadrona, y encuentro trozos de carne que te regalo, como hace el lobo con sus crías. 

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