Por decir algo (24/7/19)

Cerraba los ojos y escuchaba cómo corría el agua bajo la cama.
Como un sonajero frío en la garganta del verano,
como un viernes en las manos de una lagartija, como el horizonte para un gorrión recién desenfudado de alas o como se reconocen letras y calores en una lengua desconocida. 

Cerrando los ojos entrábamos en la piscina del placer: 
la caída de tu asfixia en mi asfixia, 
cada dedo era un puente, ¿recuerdas?, cerrábamos los ojos, desaparecíamos, y luego había que volver a crearse con la arena caliente que era nuestro cuerpo líquido por el placer.

Tus manos fundidas a mi cuerpo y mis manos fundidas con tu cuerpo,
telaraña de color tierra y sudor, 
así se formó esta arcilla que descansa en el recuerdo esperando que algún niño la rompa. 



Vendrá


vendrá un paso de baile rebotado contra las mesas del delirio,

un paso de baile y un disfraz de golondrina.



Mi búsqueda de trabajo sepultada bajo la nieve

mi búsqueda de trabajo, yo sin abrigo

y haré altares en los montones de ceniza que fueron cerraduras.



En los ángulos muertos de la casa,

detrás de las fotos,

allí creciendo el tropiezo de nuestros niños mesa sin calzar,

inútiles en la belleza suave del error,

letra torcida

como si las vocales te miraran por la ventana,

enganchadas al perfume de la madera acariciada en tu mano.



Habrá un cementerio de volantes en nuestra lengua

un camino hambriento como la hiedra,

la profundidad de un bolsillo que esconde todas las tristezas.

Solo un niño de barro y risa


Foto de Bernard Hermant

 
Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser el canalón por donde la lluvia caiga y levante su curva fértil de aprendiz de mundo. Abrirme los pechos destinados al ego para levantar toboganes míticos, dejar que me atropelle con su triciclo a 10 kilómetros por hora. 

Dejarme llevar por sus ojos a punto frescos como renacuajos. Ser el bastón que se parta por la mitad para que él no toque nunca el suelo. 

Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se escurra por los huecos de mi tiempo. 

Una niña que navegue todos los charcos y que sonría con cada gota. Sus coletas de salvaje que imiten a Pippi Langstrum o las cataratas de Iguazú. Un niño, una niña que corran tras la pelota del mundo y que no se cansen nunca. 

Enseñarle a leer. Abrir la puerta de un libro y que puedan jugar todo lo que quieran, como en los pueblos. Como en los ríos que atraviesan y se cruzan con las calles. Invertir todas mis arrugas en el ángulo de su risa. Abrigarle y tener un nido para cuando vuelva cansado. Ser con mi novia un pedazo de su pasado, la sujeción que le impida caer al suelo al hacer puenting, el trozo de tierra donde empezar el brote. 

Empezar a hablar de nuevo. Volver a mirar desde el ángulo esencial de un niño. Desnudar mi historia de mi cuerpo y acercarme a su aprendizaje con el teatro de lo ya vivido. Dar pasos para atrás y acompañar sus primeros pasos y ser el cauce por donde salga al mar.

El despertador de Sísifo, firma en la Feria del libro

La poesía, el trabajo, el amor, ingredientes de este río: las piedras, el agua, el bañista. Así. Los días mojados de oxígeno y agua, acariciar el lomo de la corriente y encontrar tu cuerpo, como lengua caliente entre las corrientes del deshielo, tus ojos negros y paso de cebra en el maltrato continuo de los faros de los coches: 




Soy Sísifo



Soy Sísifo


Yo, Sísifo,
pecho de lata, eslabón corroído, pulso inestable del caballo flaco llamado progreso.
Soy Sísifo,
el usar y tirar de días manchados e iguales,
raíz muda y viaje en círculos.

Soy Sísifo
condenado, estación final del hombre en serie y sus sentidos cortados con cuchilla como los tendones del amor.
Soy Sísifo y escupo mi nombre a las abejas libadoras que cosechan minutos y producen nóminas y pequeños grumos de azúcar que llamamos dinero.

Soy Sísifo y grito a los dioses que manejan los barcos, los semáforos y los buses de línea,
les grito que empujaré su piedra,
descansaré las brújulas y volveré a casa,
que la luz de Mérope en la noche no me ciegue y me guíe,
que en el cerrar los ojos despierte mi cuerpo y se borre tu condena,
oh dioses impolutos y tristes,
envidiosos de nuestra angustia.

Soy Sísifo,
os digo,
el que masca piedra a diario y cada noche Mérope no aterriza en mí
no aterrizo,
todo es un ensayo macabro,
un diálogo de muebles y ruidos,
la escarcha que silencia nuestro deseo como ancla dormido,
el jarabe de las pantallas encendidas,
su trampa viscosa llamada «series».

Soy Sísifo,
el que encontró a Mérope en los arrabales de la ciudad,
en las afueras donde los caminos se abrasan de soledad,
marcaré tu nombre en mi lengua
«Mérope»,
y en cada palabra un incendio de tu olor.

Soy Sísifo,
el perdido, el condenado,
volveré a casa.

(poema de mi libro «El despertador de Sísifo»)