Islas divergentes

Robar, un cuento sin copyright



Cuando la conocida empresa DAVO se lanzó a registrar la palabra “alma”, el resto de principales compañías hicieron lo mismo. Desde hacía años, todas pretendían estas palabras de uso tan común. Sabían que podrían ser muy rentables. Todo el mundo, al menos una vez en la vida había dicho “alma”, o “pie”, o “nube”, y a partir de ahora todos deberían pagar por ellas igual que pagan por una manzana o un teléfono.
CHERA compró “tobillo”, SEP compró “vaso”, y el gigante multinacional RIPSO intentó comprar “buenas tardes”, no pudo, y se tuvo que conformar con “silla”, que tampoco estaba nada mal. Las autoridades tuvieron que reacondicionar el edificio de patentes para recopilar tantos documentos. Se trasladaron a las afueras de la ciudad, rodeados de un bosque de robles, y en la recepción daban pastas de chocolate por gentileza de REOPS y GARI, las propietarias de “pastas”, y “chocolate”, respectivamente.
Algunas personas con algún dinero ahorrado, compraron palabras como “pisotón” o “tuercebotas”, con poca presencia en el lenguaje cotidiano, pero aún así, algo era.
La asociación de poetas y escritores, vendieron todos sus libros, todas sus pipas, todas sus gafas de pasta, los bolígrafos de punta blanda con remaches dorados, todas sus corbatas vanguardistas, y con la ayuda de un desconocido mecenas, pudieron comprar “palabra”, “poesía” y “raíz”. No les dio el dinero para más. Quizá, si hubieran querido vender sus egos…
Por las calles no había apenas ruido. La gente, para ahorrar, inclinaba la cabeza al saludarse y a veces se comunicaban con signos. Las leyes eran muy estrictas. Quien use una palabra que no sea de su propiedad sin permiso, pagará doscientos duros por cada infracción.
Normalmente no había problemas, pero a veces, cuando en el bus venía un estornudo, y luego, el estornudador decía, llevado por la costumbre, “perdón”, que pertenecía a la compañía ABLOY, la gente miraba de arriba abajo, que indecencia, que maleducado, que ladrón.
Primero fue el boca a boca, el chivarse del otro, pero el Gobierno, viendo que estas nuevas infracciones eran bastante rentables, decidió invertir en poner micrófonos en las calles, cámaras y guardias. Fue todo un éxito. Llegó un momento en que los policías solo buscaban a los delincuentes de palabras. Los otros, los que asesinaban, robaban o violaban, eran menospreciados y casi nunca se les detenía.
Nadie lo sospechaba ya, pero había familias enteras que usaban las palabras sin ninguna restricción en sus casas. Como si estas fueran de todos. A estos, a los que estaban organizados para delinquir, los llevaban detenidos con la boca tapada como medida provisional.
Otra gente se hablaba al oído, otros en los baños de las estaciones, algunos en sus pequeñas camas deshechas, después de hacer al amor.
Los niños, en lugar de decir “papa” o “mama”, rodeados de sus familias que ponían caras y les decían cositas, fueron llevados a una escuela especial, insonorizada, donde les enseñaban a decir “papa” y “mama”, previo pago mensual de sus familias a las compañías BAC y DRIA, propietarias de las palabras.
Y llegó un día en que el negocio quebró. La gente se quedó sin dinero, además de sin palabras.
Todo el mundo, incluso los más honrados, habían pagado ya unas cuantas multas y no tenían ya más dinero. Tampoco el Gobierno. La casa de patentes dejó de pagar impuestos y nadie pudo obligarlos a hacerlo. El único contacto de sus miembros con la ciudad, era el del dinero que entraba en sus cuentas por las multas, pocas, que aún se pagaban.
La ciudad se fue rompiendo, ensuciando. Los barrenderos habían sido despedidos hacía tiempo y se quedaron en sus casas, mudos, sentados en sus sillones o buscando trabajos infames.
Y hubo una primera revuelta en la ciudad. El señor Roland Goflus, empresario, que vivía fuera de la ciudad, decidió donar su palabra para que todo el mundo pudiera usarla. Su palabra era “manos”. Y así, en las calles rotas de la ciudad, la gente volvía a abrir sus bocas, a desentumecer los músculos faciales, a dar alegría a su lengua, y gritaban “manos”, “manos”, “manos”, todos juntos, ocupando la calle, mientras la policía los miraba sin saber qué hacer porque aquellos energúmenos no estaban cometiendo ningún delito.
El grupo humano avanzaba, furioso, pisando las calles rotas, cuando a un anciano contagiado por aquella calentura, se le escapó por un rincón de la boca “revolución”. Y su “revolución” fue escuchada por los guardias y ya tuvieron motivos para golpear a todo el mundo, taparles las bocas, y llevarles al calabozo.
Pero la gente se defendió. Todos juntos se defendieron, y a algunos policías se le escaparon palabras no autorizadas. A uno un “cabrones”, a otro un “piojosos”, y esto provocó una confusión general. Muchos policías empezaron a hablar, a gritar, saltando y dando palos al primero que se cruzara. Qué locura, qué sinsentido, decía algún valiente, hasta que se dieron cuenta de que ya no había policías, que todos eran personas y se quedaron unos segundos mirándose, mirando los uniformes tirados en las calles, rotos, y ahí fue cuando todos marcharon hacia la casa de patentes.
Y cuando llegaron allí había una valla, claro, pero la tiraron, rompieron las macetas, pisaron las petunias, las rosas azules, y el césped recién cortado, soltaron a los perros que se fueron corriendo y ladrando con sus familias, soltaron también a los guardias que hicieron lo mismo.
Destrozaron las puertas, entraron en la sala, aquella maldita y enorme sala, abrieron los cajones, sacaron los papeles, las fichas de propiedad y a alguien se le ocurrió quemarlas, y todos las quemaron contentos, y luego se fueron de allí, todos juntos, con el fuego a su espalda, cantando, usando las palabras como les daba la gana, las gritaban, las susurraban, las reían, las cantaban, las revolucionaban y las liberaban.

2 comentarios:

Tropiezos y trapecios dijo...

Da miedo pensarlo. ¿Y si algún día alguien decide que el lenguaje no es propiedad de la gente? ¿se pueden convertir las palabras en un negocio inagotable? Realmente da miedo pensarlo; por si acaso vamos ahorrando para poder comprar revolución y asegurarnos de que alguien pueda gritarlo.

Genial el relato.

Un abrazo.

Ehse

Jorge García Torrego dijo...

Creo que, dentro de menos tiempo del que pensamos, todo se podrá comprar y vender.
Esta idea ya empezó hace mucho tiempo...

Carta del jefe indio Seattle:

"¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja."