Islas divergentes

29 de octubre de 2010

Julián el periodista

Julián el periodista, el vital e intenso escritor que nunca había dejado de contar la realidad, llegó a anciano sin darse cuenta. Por accidente. No pudo hacer nada por evitarlo.

Su vida desde dentro seguía siendo la misma que veinte o treinta años antes, pero cada vez que se miraba las manos o se miraba en un espejo, su presente le dolía un poco más.

Su vida la pasó entre imprentas y sucesos, siempre grapado a lo relevante del mundo. Siempre con la pluma y la tinta frescas para atrapar lo sucedido. Pero hace ya casi dos meses, Julián se enteró que se estaba muriendo. Desde hacía unos días le dolía intensamente la cabeza y junto a Teresa, su mujer, decidieron ir a la ciudad a ver al médico.

Cuando salieron de allí, la vida se había terminado para ambos.

Le quedan dos meses de vida”, les había dicho el doctor. Julián y Teresa volvieron a casa a vivir lo que les quedaba.

A partir de aquella visita, además del intenso dolor en la cabeza, súbitos mareos atacaban al anciano dejándole inválido en la cama durante días enteros. Un día, Julián agarró la mano de su esposa y mirándola desde unos ojos hundidos ya en más hueso que carne, le dijo qué quería que hiciera con su cuerpo una vez que hubiera muerto.

Teresa bajó los ojos y asintió en silencio. Al día siguiente, la anciana registró cajones, armarios, baúles, carpetas, cajas de zapatos, reuniendo cientos de recortes de prensa, periódicos antiguos y desgastados, fotografías ennegrecidas y misteriosas. Julián, postrado en la cama, observaba con una sonrisa en los labios a su mujer caminando y registrando de lado a lado.

Aquella mañana, Julián despertó muerto. Los sueños se lo habían llevado durante la noche.

Teresa llegó pronto a la habitación, llevando como siempre el desayuno a su marido, pero nada más entrar, el aire ya no olía a Julián y supo en ese momento que ya nunca más lo haría.

Un profundo agujero se le abrió a Teresa en el pecho. Un agujero que lo quería succionar todo. Pero Teresa era fuerte y quería mucho a su marido.

Tras secarse algunas lágrimas, salió a la calle a buscar a las personas que Julián le había dicho y volvió en apenas minutos. El pueblo era pequeño. Siete ancianos, tres ancianas y Teresa se reunieron en la habitación, mirando el cuerpo ya sin vida y sin Julián.

Antes de llevarlo donde debían, Teresa tomó la bolsa donde estaban aquellos trozos de periódicos viejos y salió con el cuerpo de Julián y el resto de amigos.

Quiero que me enterréis al lado del sendero Riofrío, junto a la alameda que se ve en lo alto. Revisa todas mis buenas noticias, las que publiqué en el Heraldo durante tantos años y que tengo guardadas aquí en la habitación y mételas allí conmigo. Pon también la primera foto que tenemos juntos, esa que nos hizo aquel fotógrafo en la primavera del cincuenta y ocho. Pide a Roberto, Rebeca, Tomás y al resto que te ayuden”.

A pesar de tener más de sesenta años, Roberto y Tomás todavía eran fuertes y en apenas una hora hicieron un agujero de más de un metro de profundidad. Lentamente, como si tuvieran miedo de romperlo, tomaron el cuerpo de Julián y lo bajaron hasta el fondo, hasta quedar tumbado sobre la tierra negra y húmeda.

Teresa abrió la bolsa y empezó a cubrir a su marido con buenas noticias. Pronto, la cara, los brazos, los pies, se ocultaron por pequeñas y grandes noticias del pasado. Al final, la foto de dos jóvenes también se terminó posando sobre el cuerpo del anciano.

Teresa, en lo que duró su vida, no faltó nunca a su visita diaria a Julián. Los amigos, uno a uno fueron muriendo y llegó el día en que la ubicación de la tumba se perdió para siempre.

Sin embargo, unas generaciones más tarde, un pequeño árbol empezó a penetrar la tierra hacia arriba, luchando por conseguir luz.

Poco a poco, un pequeño tallo fue asomándose al mundo. Y así llegó el nacimiento de su primera hoja:

Científicos británicos demuestran que el amor aumenta la calidad de en enfermos terminales. Autor Julián Bartolomé Lozano”.



22 de octubre de 2010

Crítica del libro "Amor malo y feroz", de Larry Brown.


(enlace de koult.es)

"No tengo ni idea de dónde salió la idea de escribir ni cuál fue el motivo de que empezara a hacerlo, pero ahora es una parte más de ella, como los brazos o la cara. Según ella ya no es cuestión de si va a tener éxito. Es sólo cuestión de cuando
”. Como la protagonista del cuento La aprendiz, Larry Brown autor del sur de Estados Unidos, (1951-2004), debió empezar a escribir de manera espontánea e inevitable entre cervezas y colillas apagadas. Paralelo al estilo, al realismo sucio desarrollado por Faulkner, Carver o Bukowski, Brown narra con graciosa y seca precisión los regateos de la vida, del amor. Habla de lo que supone intentar renacer para personajes acabados, borrachos, que pegan a sus mujeres y que salen en busca de algún tipo de amor. De resarcirse y dar algo, aunque poco, bueno al mundo.

Además, gracias a la precisa traducción de Luis Ingelmo, los insultos y las frases hechas más complejas encajan a la perfección en nuestro idioma. Creo que nunca se valora a los traductores pero estos recrean la historia, es necesario que transformen sin transformar. Difícil trabajo que, sin embargo, el señor Ingelmo ha hecho perfectamente. Recuerdo el intento de conversación de un borracho muy borracho, que podía apenas hablar, y cómo Ingelmo se las ingenió para convertir sonidos guturales que pretendían ser palabras, en letras donde el lector pudiera olerle el aliento al personaje.


Cuando empecé a leer su colección de cuentos me preparé para las rancheras y las botas de punta, pero también para las más que seguras borracheras en eternas y delgadas carreteras que van a ninguna parte. Parece que las gringos que caminan por extensas llanuras sin trabajo, con los sobacos sucios, y escupiendo por el colmillo, son un paisaje habitual en la literatura de los autores de finales de siglo de la primera potencia mundial. Si este decadentismo no es tan patético es por culpa de artistas como Larry Brown. Su estilo no adorna. Su estilo llega rápido y desde lo cotidiano. Pega fuerte y no deja mancha. Narra con pasión, con fuerza, pero no hace escándalo. Hace daño; llega al lector sin grandes artefactos verbales. Frases como “luego enterraré al perro, por hacer algo” o “entré a coger un martillo y acabé con el sufrimiento del conejito”, demuestran el mundo de Larry Brown. Es un mundo gris, manchado, de personajes derrotados, difíciles, alimentados por cerveza y a punto de dejarse morir en cualquier sitio, que sin embargo, no lo hacen nunca. Están agarrados a la vida como garrapatas.


El libro se divide en tres partes. En la primera ocho cuentos nos dibujan, dejan la silueta del antihéroe que propone Brown. Hombres siempre, paralelismos del propio autor, que deambulan de un lado a otro, beodos perdidos, pero pretendiendo hacer, de algún modo, el bien. Buscan en el fondo de sus vasos y en el fondo (más fondo y más físico posible) de las chicas de los bares de carretera, algo parecido a la felicidad, que al día siguiente se convertirá en resaca y alguien deprimente a tu lado, en tu cama. Al lado del vómito seco y las latas vacías.


En la segunda parte Brown nos presenta un relato extra, una anomalía dentro del libro. Se trata del macabro juicio que le hacen a un plagiador que ha sido torturado previamente habiendo sido obligado a fornicar con una mujer horrenda. La sensibilidad del escritor, (aunque sea plagiador también), se expresa en la parte final del relato al ser juzgado y presumiblemente, condenado por el contenido de sus textos.


La última parte de Amor malo y feroz, es una novela corta, de apenas cien páginas, en la que el autor desarrolla una de las vidas presentadas en la primera parte del libro. Narra la historia del señor León Barlow, (juego de iniciales que suele hacer Brown. Sus personajes protagonistas suelen tener las mismas iniciales que él), un escritor fracasado y alcohólico que manda relatos por correo a todas las revistas literarias que puede, y que acaba de separarse de su mujer, Marilyn, que tiene la custodia de sus dos hijos. La narración avanza, el protagonista tropieza, cae muchas veces, solo o con su mejor amigo Monroe, pero siempre se levanta. En sitios desconocidos y sin dinero en los bolsillos, pero se levanta, con una tenacidad y una voluntad que nunca tendrán nuestros queridos ni-nis.


La vida es cruel para los personajes de Brown. Todo duele, nada es fácil y la derrota es inevitable. O quizá no. Quizá, en el fondo de la basura y de las Budweiser quede algo de luz. Desde luego que en la literatura del señor Brown si la hay y alumbra mucho.

Crítica de Ni uno menos, de Zhang Yimou en KOULT.ES

(Enlace en koult.es)

Mientras volaban cohetes y fuegos artificiales por un Pekín pletórico y maquillado temporalmente por el furor olímpico, Zhang Yimou, el organizador del acto, recolector de pequeños éxitos, triunfaba por primera vez a escala mundial. Y es que lo que Yimou había hecho anteriormente para conseguir ser el encargado de la ceremonia de los JJ.OO, eran obras íntimas, cuidadas, humanas.

Seguramente al lector o al cinéfilo le suenen La casa de las dagas voladoras o Hero, películas grandilocuentes, pero también con cierto cuidado de las relaciones entre los personajes y, en definitiva, películas hechas a lo grande, con presupuesto, y con capacidad para generar un espectáculo. Las peleas por los aires y los relatos históricos de la China épica, conmueven y entretienen a partes iguales, pero Yimou es un artesano de los sentimientos.

Mucho antes de los actos de Pekín de dos mil ocho, y antes también de los efectos especiales de Las dagas…, Yimou había creado historias como Vivir, El camino a casa, La linterna roja y, sobre todo, Ni uno menos. Y es que Ni uno menos es una película especial, sin duda. Está hecha con pasión contenida, pasión cuidada y reflejada al máximo en una actriz como la copa de un pino (Wei Minzhi).

niunomenos01

La película, como la mayoría de las películas de Yimou, se desarrolla en una aldea en las montañas de la China pobre, las antípodas de la entonces futura y casi incomprensible China olímpica. Por orden del alcalde, una niña de trece años, (Wei Minzhi y que, al igual que la mayoría de actores, no era actriz profesional al hacer la película), debe sustituir un mes al maestro para dar clase a los niños del pueblo, pero no solo eso. El maestro, temiendo que los niños abandonen la escuela para buscar trabajo o para ayudar a sus padres le promete a Wei que por cada niño que se quede en el aula le dará diez yuan. El revoltoso Zhang Huike, contradiciendo la voluntad del maestro, se va a la ciudad a ganarse la vida provocando que la sacrificada Wei luche por hacerle volver al aula.

Para los que creemos que la educación debe ser un mecanismo de cambio, un trabajo vocacional y esencial para una sociedad que pretende ser cada vez mejor, la lucha mostrada por Wei en esta película es digna de admiración. Cuando la educación actual pretende ser la sala de espera para acceder a empresas deshumanizadas y sin ningún tipo de trato humano, películas como esta hacen que el aciago futuro que nos presentaba Pink Floyd con Another brick in the wall, tenga una vía de escape, aunque sea en una aldea pobre y perdida en la lejana China.

Grito humano



El grito romperá el neón

los huesos

que aún nos queden.


Manos desnudas

y vivas

nos golpearán

con rabia

con justicia

hasta que seamos

lo que fuimos:


manos desnudas

y vivas.

12 de octubre de 2010

Cacharrería



(perdón por el vídeo pero quería ilustrar de todas maneras y no me dejaba cargar imágenes...)


La vi en el metro, tras un diario gratuito, y me llamó la atención. Las llamas naranjas que aparecían en la portada, conjuntaban muy bien con sus ojos grises de humo espeso. Era pequeña, delgadita, y de vez en cuando sacaba la cabeza de la publicidad que leía para ver el nombre de la parada.

En uno de esos vistazos me descubrió mirándola y cayó rendida. Eso creo yo. Bueno, luego el resto es lo de siempre, unas miradas, unas palabras tímidas, torpes, y al rato acabamos en mi piso. Yo tendría que haber ido a trabajar, pero no lo pensé. Ya iría al día siguiente. De todos modos, tenía toda la vida para hacerlo.

Tania, que era como se llamaba ella, no hablaba demasiado. La mayoría de las palabras tontas que dijimos antes, fueron en realidad mías. Ella asintió a todo. Incluso cuando le pregunté la hora. La mayoría del tiempo se tocaba las rastas o se recolocaba alguno de sus piercing.

Como yo tenía bastante curiosidad por esta chica, la llevé directamente a la habitación. No creía que le interesaría el resto del pisto. Bueno, el baño si, pero la consideraba lo suficientemente no estúpida como para encontrar un baño en un piso de treinta metros cuadrados.

Cuando abrí la puerta de la habitación, me di cuenta que no había hecho la cama. Bueno, eso que nos ahorramos, dijo ella entre dientes. Luego me empujó violentamente a la cama, aparentemente en un acto de pasión porque se pasó un poco y me caí al suelo por el otro lado. Me subí inmediatamente y me metí entre las sábanas. Ahora viene lo mejor, pensé.

Tania, mirándome creo que sensualmente, se empezó a desnudar. Lo primero, dejó el periódico gratuito en la única silla del piso. Te lo regalo, dijo. Muchas gracias. Luego se quitó el abrigo, las botas de cordones atados con nudos marineros que su tío Orland, noruego le enseñó cuando era una cría. Lo siento, se disculpó, pero es que son los únicos que se hacer. Luego me despertó, y me dijo que seguía con el striptease, estriste, o lo que fuera eso.

Se desenroscó los dos piercing rosas que tenía en las aletas de la nariz, la cadena de titanio que tenía en sus labios (superiores), los siete aros de la oreja izquierda, los cuatro de la derecha, tres anillos de la mano izquierda y uno solo en la derecha, ¿Y por qué uno solo?, le pregunté, es que estoy casada. Luego las lentillas de color humo que me mostraron sus ojos verdaderos. Eran de color azul tormenta, preciosos. Se quitó las pestañas de mentira, el piercing de la lengua, dos pulseras de cuero de la mano izquierda, una de hilo peruano de la derecha, los calcetines, los pantalones, el jersey con las mangas recortadas, una tuerca y dos muelles que tenía en las rastas, la camiseta con la imagen del Che, claro, el sujetador, los cuatro piercing que tenía en el ombligo, uno encima del otro, un colgante con la hoja de marihuana, el de la virgen de su pueblo, la cadena que un día le regaló su marido, las bragas culotte, el tanga, y por fin, bendito sea Dios, se quedó desnuda.

Yo había empezado a leer la montaña mágica de Tomas Mann y la había terminado. Ahora leía el Quijote y estaba a punto de acabar, pero cuando la vi desnuda, puse el recuerdapágina y lo dejé en la mesilla. Era espectacular el montón de cosas a su lado. La miré de arriba abajo, y me llevé una desilusión. Era blanca y preciosa, pero al fin y al cabo, era como todas las demás. Solo carne.

Después de las expectativas que tenía pensé que esta no sería una persona como el resto. Pero lo era. Aún así, y para darme morbo, le pedí que por favor se volviera a poner los piercing y los muelles de las rastas, pero me dijo que ella era muy natural y que para hacer el amor tenía que estar completamente desnuda. Se enfadó, se vistió mientras yo me terminaba el Quijote y escribía este cuento, y cuando estuvo vestida de nuevo se fue dando un portazo que sonó a reproche y chatarra.


9 de octubre de 2010

Los juegos

Aquellas tardes en el pueblo las pasábamos jugando al fútbol donde Rancho, casi a las afueras del pueblo. El campo era muy grande y al portero siempre le metíamos demasiados goles. Nos juntábamos unos cuantos, pero siempre éramos más de cuatro. Los que nunca faltábamos éramos Pancho, Sebas con su hermano Juan y yo, Pablo. Aunque los fijos éramos nosotros cuatro, solíamos ser un montón y teníamos, al menos, para echar partidos de tres contra tres.


Entre los chavales del pueblo nos llevábamos bastante bien, y excepto por alguna pelea por las chicas o por el fútbol, nunca pasaba nada malo. En el pueblo no había peligro y las madres nos dejaban pasar todas las tardes fuera, aunque siempre estaban preparadas en casa para hacernos unos sándwich de nocilla o mixtos.


Si no íbamos al campo de Pancho, nos colábamos en el campo de fútbol de colegio, pero esto solo lo hacíamos cuando íbamos con los mayores porque Tobías, que tenía muy mala leche, se pasaba algunas tardes a por algo que se había olvidado, o quizá tan solo para ver si nos pillaba.


Como el tiempo iba pasando y nosotros seguíamos yendo a jugar, fuimos teniendo más y más juegos, y éramos cada vez más niños.


Una vez, pusimos cada uno veinte duros y nos juntamos en el campo de Pancho para hacer un torneo. El equipo ganador se llevó un balón nuevo, que compró Manu, uno de los mayores, un día que fue a Madrid con sus padres.


Yo no tenía demasiadas esperanzas en mi juego, porque, básicamente, era bastante malo. En realidad, a mi lo que me gustaba era jugar con los amigos y ganar para pasarlo bien, pero si no ganábamos, pues nada, qué le íbamos a hacer. No era plan de ponerse a malas por eso.


Un Octubre, justo cuando empezamos el colegio, estábamos un poco desilusionados, porque las clases eran una censura para nuestros partidos e incluso ya habían empezado a salir algún arbusto por el campo que siempre estaba bien cortito de tanto jugar.


Un día en clase, Andrés, un niño un poco raro y que los chavales decían que era rico, y que casi nunca venía a jugar, nos dijo que habían puesto una máquina tragaperras en el bar El Ocho. Casi nadie le hizo caso porque esa semana hacía muy buen tiempo y ni por asomo, íbamos a dejar de ir a jugar al fútbol por meternos en un bar a jugar a una maquinita. Además, este Andrés no era muy popular, la verdad.


Pero, aunque seguía haciendo buen tiempo, cada vez venían menos niños al campo. Al final, el jueves, cuando solo quedamos los cuatro de siempre, cogimos el balón y fuimos a ver qué pasaba en ese bar.


Antes de entrar, ya escuchábamos los gritos de los niños y pensamos que, a partir de entonces, ya nada sería igual. Entramos y vimos como César y Luis, dos de los mayores, jugaban un partido entre Italia y España. El resto de niños, unos ocho o nueve, miraba. Solo miraba. Después de ese día, todo fue peor.