Islas divergentes

Feliz Navidad


Cuando llegaron las lluvias y los árboles del parque se quedaron secos y esqueléticos, en la televisión empezaron a poner a todas horas un anuncio perfecto:

"PONITRON, el Poni que hará feliz a su hijo. Relincha, corre, come azucarillos, y ni se caga ni se mea en la alfombra. No lo dude, el regalo de estas Navidades. Por tan solo 2000 pesetas tendrá en su casa un increíble PONITRON."


Teníamos la cantinela todo el día en la cabeza. Y claro, Amanda empezó a pedírnoslo. 2000 pesetas era dinero, pero Irene, mi mujer, me convenció: "bueno, los reyes del año que viene serán más flojos...una vez es una vez". Pues eso. Una vez es una vez. Y le compraríamos a nuestra querida hija un hermoso PONITRON made in China que recordaría toda la vida.


Quise que todo saliera bien y que no hubiera prisas de última hora así que, un día que pude salir un poco antes del trabajo, me escapé a un centro comercial a por el juguete. Estábamos a principios de Diciembre, pero el furor consumista ya había dejado temblando los estantes. Me empezó a entrar el nervio, el ansia, y solo veía competidores por todos lados. "Me cago en la hostia" pensé, "mi hija no se va a quedar sin su regalo". Caminaba cada vez más rápido por los pasillos del centro comercial, mirando con rabia a los padres, a las abuelas de mierda que creen saber qué es lo que quieren sus nietos.


Tenía miedo. Miedo de ser un padre de mierda. Un padre que no aprecia a su hijita regalándole el mejor juguete posible. Tenía miedo. Miedo, también de la cara de Irene y su tristeza, de nuestra decepción. Con los puños apretados atravesé el pasillo de las muñecas, el de los juegos de mesa y el de material de guerra infantil hasta que llegué al pasillo de "Superventas". Allí chillaba todo el mundo y un padre calvo y con mala leche, sacó a pasear su puño derribando a una hilera de abuelos que cayeron al compás del hilo musical.


Como yo no tenía tiempo de diversión, esquivé al calvo y a su puño con mala leche y busqué entre la gente al PONITRON de las narices. Por fin. Al final del pasillo pude ver la caja y me lancé como un loco a por ella. Pesaba bastante y me pareció que dentro algo olía muy mal. Como a gato muerto. Pensé que sería algún viejo, víctima de la ira del calvo.


Mientras corría hacia la caja registradora agarré las 2000 pesetas que tenía en el bolsillo, y se las lancé a la cajera con violencia. Cuando llegué al coche, respiré, por fin, después de diez minutos. "Joder, tengo al puñetero poni conmigo" pensé. Eso si, la vuelta a casa la tuve que hacer con las ventanillas bajadas porque algo apestaba en el coche. "Seguro que he pisado una mierda al salir echando hostias de ahí, pero bueno, merece la pena porque tengo el PONITRON para Amanda".


Llegué a casa y envolví rápido el regalo, temiendo que alguien viniera (aunque era imposible, Irene y Amanda habían ido a ver a los padres de Irene) y me pillara con la sorpresa. Después de envolverla, la guardé en el armario del pasillo. Un lugar profundo y que solo abrimos para sacar el árbol de Navidad, el trivial y los manguitos de Amanda. Dos semanas después Irene y yo fuimos, más tranquilos ya y sin carreras, a comprar el resto de regalos.


Los días pasaban e Irene seguía en el curro, trabajando poco y ganando mucho, yo al revés y Amanda con aquel imbécil de su clase, Tomás, que no dejaba de meterse con él. Salvo los resfriados y las cañas que me tomaba los viernes con los colegas, todo era más o menos igual. Esperaba con ansia el momento de ver la cara de mi hija al descubrir su regalo.


Y bueno, después de Nochebuena y Navidad, de la borrachera de Nochevieja, de tantas luces, de tanta alegría y tantos polvorones, llegó la noche de Reyes. Joder. Cómo apestaba el puñetero armario. Cuando Irene y yo fuimos a por los regalos a eso de las doce de la noche, notamos una hostia de olor fétido en la cara. A mi se me saltaron las lágrimas e Irene se fue corriendo a vomitar al baño. Era raro de narices porque aunque el armario era profundo, no había ni cañerías ni cosas raras que pudieran oler mal. No se. Irene y yo nos acojonamos. No era un miedo normal, era una especie de vergüenza y en aquel momento sentimos un dolor en la tripa muy raro, entre nervios y nauseas.


Aguantando la respiración y sin hacer ruido para que Amanda no se despertara, Irene y yo cogimos el regalo y la llevamos a nuestro cuarto. Estaba claro que había algo podrido, nauseabundo, dentro de la caja. Se suponía que tendría que haber un PONITRON ahí dentro con sus pilas y sus luces, hecho en alguna fábrica China, con la delicadeza de unos deditos pequeños e inocentes, con su pelo suave y su melena y su cola. Un poni que hiciera feliz a nuestra hija. Un poni que haría compañía a Amanda mientras nosotros nos íbamos a tomar algo, o a hacer el amor, o yo que se, lo que nos diera la gana. Un poni que cuidara y que quisiera a nuestra hija.


La caja estaba ahí, encima de la cama, y ni Irene ni yo nos atrevíamos a abrirla. El olor seguía siendo asqueroso y tuvimos que correr las cortinas y abrir la ventana. Al final fue Irene la que se atrevió a abrirla. Admito que mi supuesta mayor valentía como hombre de la casa se fue al garete. Irene empezó a rasgar con cuidado las líneas punteadas, pero cuando se dio cuenta que se resistía un poco, se puso nerviosa y empezó a rasgarlo todo con furia. Y abrió la caja.


Lo que había allí no era un PONITRON, ni tan siquiera un juguete. Lo que había allí era algo muerto. Algo que, terriblemente muerto, olía a niño chino de nueve años muerto desde hacía semanas. Un cuerpecito descompuesto, terrible, y que había sido colocado allí por error en el lugar de un precioso y suave PONITRON para mi hija de nueve años. Lo que yo más quiero en este mundo.

No hay comentarios: