Islas divergentes

Hastío, por Álvaro Cuadra

Hace pocas décadas atrás, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el planeta estaba dividido en dos bandos irreconciliables. El mundo asistía al siglo de las revoluciones y las contrarrevoluciones, en que cada país del orbe era apenas una pieza en el gran ajedrez de la política internacional de las grandes potencias. La Unión Soviética y los Estados Unidos estaban enfrascados en lo que se llamó eufemísticamente la “Guerra Fría”, que no por “fría” dejó de ser una “guerra”.

En todos los continentes surgieron líderes que reclamaban el padrinazgo manifiesto o implícito de uno de los dos gigantes. A decir verdad, nadie solicitaba credenciales de transparencia y democracia a los líderes que surgían por todo el Tercer Mundo. La norma fue más bien, al contrario, que en ambos bandos se apadrinó a figuras tan carismáticas como equívocas. En rigor, el discurso “ético político” era una cuestión prescindible, acaso exótica o extemporánea, de la que se ocupaban los rotarios y uno que otro intelectual tenido por díscolo.

El ocaso del socialismo real y las profundas transformaciones culturales que ha sufrido el mundo entero ha producido una nueva sensibilidad de masas. Las nuevas tecnologías han hecho posible que los medios de comunicación y las redes sociales hayan diseminado este “nuevo ethos” capaz de “catalizar” cambios sociales allí donde se dan condiciones de posibilidad. Las imágenes del nuevo mundo son aquellas sedimentadas por las sociedades de consumidores del mundo desarrollado.

Los medios de comunicación instan a todas las sociedades humanas a una “Cultura Internacional Popular”, estadio actual de un capitalismo libidinal mundializado, un discurso que conjuga el goce del consumo suntuario, la exaltación del individualismo hasta el narcisismo y un clima “democrático” mínimo que permita la expresión de la singularidad personal, a imagen y semejanza de las sociedades occidentales. En todos los rincones del planeta tierra, nadie quiere quedar fuera de esta vida prometida en cada “spot publicitario”, en cada imagen de cine, televisión o Internet.

Esta nueva Cultura Internacional de masas posee la fuerza deletérea de la seducción, una fuerza capaz de destruir las tradiciones más arraigadas o los regímenes más verticalistas. Esto fue cierto en el este europeo a fines de la década de los ochenta, y lo es hoy en los distintos países del norte de África. Las actuales insurrecciones en el Medio Oriente apuntan a regímenes claramente alineados a la derecha, como en Egipto, pero también a regímenes que apelaban a un discurso anticolonialista, como en Libia.

Más allá de las circunstancias políticas de cada país en que se están desarrollando estos cambios, su denominador común es el “hastío profundo” de las masas frente a una situación de sometimiento y pobreza. Más que a un renacer del fundamentalismo religioso, asistimos a un reclamo social, político y económico con matices culturales propios del mundo islámico. Este es, en primer lugar, un llamado de atención a los países desarrollados que en nombre del pragmatismo no han terminado de desmantelar sus estrategias de la Guerra Fría, sosteniendo o consintiendo, todavía, satrapías en muchos lugares del orbe. Se trata, también, de una advertencia sobre la vetusta y precaria institucionalidad política internacional en un mundo sometido a una mutación sin precedentes en la historia de la humanidad. Por último, es bueno recordar que el hastío profundo de masas en el Oriente Medio no es otro que el de millones de seres dispersos en todo el mundo pobre.


No hay comentarios: