Islas divergentes

Calle 13 en Manta (Ecuador)



Si alguna vez has sentido que el reggaeton se te mete por los intestinos pero no eres un "reggaetonero"(para ser reggaetonero debes compartir tu vida con ocho mujeres increíbles con poca ropa, tienes un coche tuneado y de color llamativo, y ves la vida pasar a través de unas gafas enormes) lo más seguro es que te guste Calle 13. Su calidad musical y lírica es evidente como se pudo ver en koult hace unos meses. Han salido victoriosos en un entorno que admiten que les resulta hostil como es el gringo (le tiro duro a los gringos(...)Yo uso al enemigo a mi nadie me controla(...)Me infiltro en el sistema y exploto desde adentro/todo lo que les digo es como el Aikido/uso a mi favor la fuerza del enemigo), ya que han ganado hasta ahora diez premios Grammys Latinos y dos Grammys, y también triunfan en los barrios populares de la sudamérica que ansía sacudirse a su vecino gordo de arriba. Fenómeno global pero con raíces.

Yo andaba por Otavalo, Ecuador y resulta que esta parte del mundo, esta tierra, tiene sangre sudamericana. Sangre considerada propia para los puertoriqueños Residente (René) y Visitante (Eduardo), el alma y el cuerpo o el cuerpo y el alma, de Calle 13. Y por eso, quizá, y porque su último disco se titula entren los que quieran, los conciertos del pasado 20 y 21 de Abril en Guayaquil y Manta fueron gratis. Había que elegir. Guayaquil: segunda ciudad del país, precioso malecón pero también delicuencia y precios algo más caros. Manta: pequeña ciudad de playa, no tanta gente y un viaje que se podría alargar con un viaje por la preciosa costa ecuatoriana. Elección final; Manta.

Una ciudad, Manta, una zona, Manabí, y un país entero paralizado por la llegada de un grupo que grita con un pulmón que parece recoger fuerzas de toda sudamérica. Y yo ahí, español pero con un sentimiento que me hace reconocer como propia una injusticia, una pobreza endémica y profunda que padece este continente desde siempre. No importa que los Andes no me hayan visto crecer para que sean techo de mi mundo. El mensaje, la llamada de Calle 13, como esta tierra, es para todos y todas. En todo el mundo.

Y aquí, en la playa de Manta, un amigo ecuatoriano, una pareja de amigos belgas couchsurfers (organización mundial de gente que ofrece lugar para dormir gratuitamente o se queda a dormir en casa de otras personas de la misma organización) y yo, periodista español. Las tres de la tarde, las mochilas en las espaldas y cuatro horas para buscar alojamiento y ver la ciudad. Después de un rato caminando para encontrar la playa del Murciélago, el lugar del concierto, el resultado de la búsqueda parece inmejorable: encontramos como alojamiento la azotea de un bar que la dueña nos deja usar para acampar a menos de cien metros del concierto, por tres dólares por cabeza y baño y ducha incluídos. Resuelto el problema del lugar donde dormir, ya podemos ir a coger colorcito en la playa. Cocos, el mar y sus olas, chicas bonitas y con poca ropa y un concierto de Calle 13 que las autoridades de la ciudad y los periódicos locales esperan que albergue a ¡80.000! personas ¿Se puede pedir algo más?


El tiempo pasa y después de ponernos rojos como cangrejos criollos o guacamayos, empiezan a aparecer los teloneros de los puertoriqueños. Allá vamos. Playa del murciélago, Manta y dentro del festival "Vive, siente, ama, Ecuador" que organiza el ministerio de cultura con el aporte de la municipalidad. Los grupos son "Lagartija electrónica", "K´banna", "Santhos" y "Guerrilla Clika" que, con más o menos fortuna intentaron meternos el calor en el cuerpo.

Calle 13 rompe moldes. De hecho, su único molde es el de desobedecer y hacer lo que quieren, Nos gusta el desorden/rompemos con las reglas/somos indisciplinados/todos los malcriados. Calle 13 une y no desune, integra como integrados y complementados son ellos mismos. Eduardo Cabra, Visitante, heterogéneo, loco y genial músico que mete el dedo en todos los platos musicales se une con su hermanastro René Pérez y sus letras brutales y certeras que apuntan al cuello del capitalismo o a una esencia, una identidad hispanoamericana (si es que existe tal cosa) para mover a millones de personas en todo el mundo. Y así, al igual que ellos se empapan de palos tan diversos como pueden ser el reggae, el rock, el ska, el funki o el reggaetón, en su público se encuentran hippies, reggaetoneros, roqueros e incluso añoradores de Víctor Jaras que canten a la revolución.

La caña manabita ya hacía estragos en mi cuerpo (tipo de aguardiente ecuatoriano. Aguardiente sin piedad debo añadir) cuando, tras un silencio en el escenario un poco largo aparecieron los Calle 13 dando saltos, encendidos con su baile de los pobres. Gritamos con rabia y alegría, bailando como pobres (no se necesita plata para moverse/se necesita onda y música cachonda) y sintiendo que nuestros pies descalzos tocaban la arena menos de lo habitual. Después de bailar como pobres nos dimos cuenta de que no hay nadie como tu. El mensaje, positivo y con buena vibra, más allá de ser parte de la campaña de un periódico que hostiga a los movimientos izquierdistas que se están dando en Sudamérica, aterriza en cada uno de nosotros que nos damos cuenta de nuestras diferencias ( a mi alrededor hay parejas hetero, grupos de chavales quinceañeros, gringas con ganas de fiesta, una pareja gay, mi amigo ecuatoriano y una familia colombiana de seis jovencitas-¿?-) y es que Hay gente que nace/gente que muere/hay gente que odia/ y gente que quiere/en este mundo hay mucha gente pero pero pero/No hay nadie como tu.

Los belgas andaban por ahí perdidos, mi amigo ecuatoriano reía y bailaba conmigo, Ileana, la hermana, bailaba como una atleta y cantaba con alma de Frida, con corazón, Visitante manejaba los hilos desde el fondo del escenario, René fluía entre nosotros con sus letras cargadas que explotaban en nuestra cabeza (y en la resaca del día siguiente) cuando de repente llegó la lluvia. La lluvia de arena. Algunos idiotas con ganas de apagar el concierto empezaron a lanzar vasos con arena, y así, poco a poco, el ánimo del público, pero no solo, también de los músicos, se fue apagando hasta que los discursos que suele hacer René entre canción y canción desaparecieron. No había buena onda y se notaba. Al final, llenos de arena pero con el cuerpo roto de tanto bailar/beber/cantar, el concierto terminó tras casi dos horas de Calle 13 deslucido por la arena. La música terminaba pero la fiesta seguía. Pero esa es otra historia.

3 comentarios:

Paula dijo...

Envidia :)

Jorge García Torrego dijo...

La arena que caía sobre nuestros ojos no se la recomiendo a nadie, pero si, en general fue LA HOSTIA!

:)

Anónimo dijo...

Buenísima crónica periodista español, la verdad que despierta envidia al leerlo desde el portatil y sin arena!

Un besazoooo I miss u!

Ange