Islas divergentes

El record imprevisto

Manjari Sharma


Aquella mañana yo quería lavarme bien, dejarme la piel bien tersa y suave porque nunca se sabe qué es lo que puede pasar. Aquella mañana, yo tenía que ir a trabajar, por supuesto, pero tenía prevista una reunión con los altos mandos, y bueno, ya se sabe cómo son los altos mandos. Así que, por si acaso había también una Alta manda por ahí, que me arreglara la vida además de darme un puesto un poco más cómodo, entré en la ducha como aquellos tíos raros que entraban en Lluvia de estrellas y se cambiaban por otros, (¿cómo cojones hacían eso?).

El agua apareció, como siempre, milagrosamente por la alcachofa con agujeros. Al principio fría, después mejor y luego ardiendo de cojones. Como siempre.

Esa mañana yo quería dejarme bien limpito, de verdad. Sacarme toda esa roña que había estado acumulando sin motivo aparente y demostrar a toda esa pléyade de encorbatados (y esperemos que también encorbatadas, o bueno, enfaldadas) ejecutivos que soy una persona decente que sabe exigirse y sacar lo mejor de uno mismo.

Eran las siete de la mañana, y ya se sabe; si tu compañero de piso tiene un apretón y tiene que entrar si o si, que el agüita está muy calentita y fuera hace un frío de cojones, o que te quedas dormido como un puñetero tablón bajo la pequeña lluvia. Y esto último fue lo que me pasó. Cuando desperté ya era tarde de cojones y ese grupito de cabronazos seguro que me despidiría por no haber ido a trabajar (fascistas).

Bueno, pues ya que estaba ahí debajo, me levanté, me puse cómodo, y me lavé por quinta vez el pelo. Hay que ver que gusto da enjuagarse los pelos con aquella espuma que se reproduce más y más hasta que ya te cae por el pecho o la espalda y la ves pasar entre tus pies directa al sumidero.

Parece que esos pequeños placeres no se van a acabar nunca. El agua debe reproducirse dentro de esas tuberías mohosas que penetran por todos lados las casas y los bares, porque si no no entiendo como millones de personas limpias puedan restregarse y limpiarse cada mañana en sus casas bajo un chorro ininterrumpido de agua cristalina sin que esta se agote. Joder, el agua debe follar como si no hubiera un mañana.

Mis perspectivas de vida en aquel momento no eran demasiado ambiciosas, (bueno, un poco de acondicionador no habría estado mal) y estar ahí, aguantando la caída de las gotas, era mi único plan previsto. Las suciedades se fueron cayendo poco a poco, descolgadas, por el agujero negro que las lleva a otro spaguetineante laberinto de tuberías y oscuridades que deben acabar en algún lado pobre pero limpio. Qué más da. Lo pobres no somos nosotros y nos quedan muy lejos.

Después de dos horas, y después de contundentes sacudidas de esponjas, geles y champús, mi piel empezó a encogerse y vi como mi dedo gordo empezaba a quedarse en contacto con el aire condensado del baño. Quizá ese retroceso dérmico fue el causante de que la ceja derecha empezara a desplazarse, como un pequeño felpudito móvil, sobre mi ojo y mi mejilla, para dar justo después un salto desde mi cara hasta el suelo de la ducha.

Sería ya la hora de comer. Lo que me extrañaba es que ni Teresa ni David hubieran querido entrar en el baño. Debe ser que tienen el estómago fuerte. Creo que más que yo, porque cuando empecé a escuchar los contundentes quejidos de mi tripa, empecé a oler los afrutados olores de los geles (los ocho que había) y de los champús (cereza, kiwi, miel) de otra manera. Empecé a desparramar aquellas fragancias multicolores en mi boca, a darme un festín, espachurrando los botes como un auténtico idiota, llenando mi tripa de glicerina y otras mierdas nada buenas. Al cabo de un rato, cuando mi tripa dijo basta, me caí lirondo al suelo.

Lo siguiente que noté fue el sonido de una respiración forzada a mi lado derecho. Luego, cuando abrí los ojos, joder, qué pivón entrando por la puerta. Al final va a merecer la pena tanto restriegue

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