Islas divergentes

Cazador





El cazador se esconde entre la espesa selva. Repta y se ensucia, pero no le importa. Hace ya más de media hora vio a su presa, a lo lejos, y esa visión le da fuerzas para llenarse de barro, para soportar el sol, la sed y esos remordimientos odiosos que siempre aparecen.

El cazador conoce a su presa y sabe que se dirige con su pareja a una pequeña cala en la que nadie los molestará. Desde la distancia los observa. No tan cerca como para tenerlos a tiro. No. Aún no. Es muy pronto todavía, pero la sangre ya golpea con fuerza en sus venas.

Va a ser difícil capturar a esta presa. Es un ejemplar ya maduro, no viejo, sino maduro, casi en plenitud y no se dejará atrapar. Además, puede ser que haya más cazadores acechando. Eso nunca se sabe. Se va acercando lentamente, sin levantarse apenas del suelo, encogido por la prudencia y también por el miedo.

¡La acaba de ver! Pero aún no está a tiro. Pero queda poco. Un fallo a esta distancia haría perder la presa. El cazador hiede a sudor y tiene hambre. Esta es su oportunidad. Nunca se ha visto en una situación tan buena como esta.

Avanza un poco más sin quitar la vista de su presa. Un crujido aparece a su lado izquierdo. Está cerca. Él mira hacia esa dirección, pero solo ve marrón y verde. Debe de ser otro cazador. Tiene que darse prisa si no quiere que le quiten la pieza. En cuclillas esquiva los troncos y ramas caídas, mientras avanza decidido. Ahora los ve a los dos. Macho y hembra. Él es más grande que ella. Ella es más valiosa, mucho más, pero su piel ya no es tan tersa y lustrosa como antes. Él es más joven y atlético. Tiene la piel más oscura y huele a frescura desde lejos.

El cazador saca el arma, lo mueve, lo ajusta hasta que, entre sus manos, queda perfecta. Apunta, regula un poco más, así, eso es. Ahora está perfecto. Y dispara varias veces. La hembra recibe uno de los disparos en pleno rostro pero no siente nada, y siguen ahí, en la playa, desnudos y felices.

Dos días más tarde el país se despierta y ve la sangre de las víctimas en la portada de una revista:

La reina Margarita fotografiada con un amante en las playas de Costa Rica”.

La presa agoniza de dolor en su casa. El teléfono no deja de sonar. El cazador, tranquilo en el sofá de piel de su casa, observa orgulloso la pared donde cuelga la fotografía. El disparo que acabó con su presa.

2 comentarios:

Eduardo de Vicente dijo...

Joder Jorge, na menos la reina Margarita, jajajaja, no le he sospechado hasta el final, yo pensaba iba a ser un cérvido, pero por hay iban los tiros, también, jajajaja...

Jorge García Torrego dijo...

Ay, sorpresas te da la vida, jajajajaj. En realidad querría haber puesto a una tal Sofía, pero iba a ser un poco heavy. :)

Lo de Margarita es porque me la imaginaba muy palaciega, muy poca cosa...Si, al final hasta las reyes tienen cuernos.

Un saludo!