Comentario de libro "Incendiario", de Bárbara Butragueño






Ni se te ocurra abrir este libro si buscas un libro perfecto, con plan de huida y medido y grito reproducido. Ni se te ocurra porque vas a perder el dinero, el tiempo, y espacio (aunque poco) en tu estantería.



Desatado de forma y de límites, los poemas de Butragueño, ya sean en verso o en prosa poética, llevan marabunta dentro y te arrasan pasando por encima. Se te escapan palabras, vuelves para atrás, joder, qué bueno esto, terminas. Vuelves al principio, ¿y esto? y así se pasan los minutos y las horas.



El libro que publica Polibea es un libro con astillas, en el que Bárbara Butragueño no solo se desnuda, sino que comenta a través de imágenes enlazadas la ceniza de su cuerpo, nadie nunca me enseñó a llorar/y sin embargo parece que el llanto me perteneciera esparciendo su dolor por tus manos. 




El libro se divide en tres partes, TURBA, en donde se hace un recorrido del propio cuerpo y se ponen sobre la mesa la muchedumbre interior, los despojos, las heridas y las soledades. Abierta y expuesta a todos los dolores y a todas las penas, limpiar el cuerpo como quien limpia la casa. Exorcismo.



En COMBUSTIÓN aparece un tú que salva en tu cuerpo todo es expiación/y claridad/y enjambre  que rescata, que no rehabilita las ruinas, sino que las convierte en hogares. Bestial esta parte, la más lograda.



Y cómo no, CREMACIÓN, en la que se desalojan los cuerpos, una vez más/te marchas, deshabitando/los ángulos del aire, se buscan asideros y esperanza, pero no se encuentra. Soledad y grito.



Vamos a ver, hay una cosa que hay que tener en cuenta. Este poemario requiere de su colaboración como lector, de su inteligencia, de sus cojones/ovarios para comprender lo que es la vida. Quien no haya sufrido, quien no haya sido ojo de huracán de relación no entenderá nada. La poesía de Bárbara no llega entera, pero la parte que llega llena todas las habitaciones y se expande, se te mete en el cerebro y la buscarás en cada índice, en cada lomo. Un subidón, vamos.



Y yo no merezco bailar si no hay lluvia. 




y si queréis saber más....


Publicación en antología de poesía erótica "Erosionados", dirigida por Adriana Bañares

Acaba de aparecer Erosionados en la editorial Origami, una antología de poesía erótica (más o menos), dirigida por Adriana Bañares en la que aparecen dos poemas míos. Si ya formar parte, (aunque sea un poco) de esta prestigiosa y emergente(no, no son contradictorios) editorial, ya me hace estar muy contento, que haya sido bajo la edición de Adriana Bañares, una poeta que me parece una genia y que admiro, y acompañado por autores que admiro también como son: Paloma Corrales, Javier García Rodríguez o Sara R. Gallardo, pues no se, me hace sentir de lujo, la verdad.

Agradezco mucho formar parte de esta gran colección de deseos, caricias, lenguetazos y lenguetazas y otras diversas armas amatorias.

Aquí os dejo el enlace para que echéis un ojo:

http://editorialorigami.com/web/padre-poesia/erosionados-edicion-de-adriana-ba-ares.html

Ciudad



Los edificios son las vísceras de la tierra

gritando en silencio

expuestos al sol y al óxido de nuestro odio.  



Escucho bostezar al tren cuando rompe la mañana

cansado de transportar pereza

no hay esperanza para lo que ya está muerto. 



Si hubiera tan solo un hombre de plata en la ciudad

solo uno que cogiera los órganos goteantes de tristeza y los metiera

a la fuerza

bajo los pies

ocultos al sol y sus enjambres de personas

qué alegría

de tierra y hierro reconciliado

caricia de gusanos y oro 



esperanza para minerales moribundos.


Doblar tu ropa





Qué tristeza cuando no estás,

dentro

riendo entre camisetas y bragas.



Dejaste aquí tu cauce

y te llevaste la saliva

cuando no estás es el tamtám que me queda

tocar las cenizas

de tu piel de verano.



Doblo tu ropa cuando no estás

llamándote

a gritos

con mis manos.


Los cocodrilos nos quitamos la ropa


Jesús Román Brovia


Así, entre la lengua y el roce del arroyo encontramos cocodrilos que no sentíamos, que no mascábamos en las tardes de invierno cuando nos quitábamos los zapatos. Los cocodrilos llegaron de golpe a nuestras papilas y ya no quisimos ningún azúcar ni ningún chocolate: los cocodrilos eran paja para nuestra lengua de rayo.

Poco a poco se nos cayeron los dientes porque no mordíamos buscando el grito, porque no buscábamos sangre en el bolsillo. Se nos cambió la piel, se fue volviendo hierba fresca y los señores silenciosos que nos hacían nudos en el pelo se fueron llorando a la parte de atrás de los armarios.

Los gigantes que había entre nosotros fabricaron escaleras para que los pequeños les dijeran, en el sillón de la oreja, caminos donde poder ir a tomar el sol sin que ninguna arena se te caiga en la nariz, sin que ningún caracol te llene de baba los pulgares.

Mientras que los camiones pasaban rebuznando por nuestras carreteras, nosotros salimos andando siguiendo las miradas de las puertas generosas, subiéndonos a los lomos de los reyes gatos que gobiernan la noche a golpe de caricia y supimos que algún día los tomates explotarían en nuestras bocas llenándonos de dicha la amapola. 

Nuestros cuerpos acaban más allá de nuestras manos y vamos descalzos por el medio de la calle, esperando a que se suelten, a que se escapen todas las fieras que andaban calladas por miedo a meter la pata.

Aquí estoy, estamos, con las zapatillas de correr en la basura y un búho sin garra, sin calcetines,  un búho recién sacado de la hoguera para que nos enseñe el azul tormenta de la noche. 

Comentario de Encender una hoguera, de Jack London


Periférica nos trae esta propuesta circular en la que se ponen frente a frente dos versiones del relato del escritor estadounidense Jack London. El relato, pese a ser breve en ambos casos, tiene una fuerza seca, brutal, que paraliza y congela al lector como congeló al protagonista. 


Y es que cuando la temperatura desciende por debajo de cero cincuenta o sesenta grados, los miembros se adormecen, el corazón pierde ritmo y notas como tu aliento se hace sólido. 

Jack London, conocido escritor y aventurero de principios del siglo XX, y una de las figuras más sólidas de la literatura norteamericana, conoció de cerca las agujas del frío, porque se vio atraído por la fiebre del oro en el Yukón (región al norte del actual Canadá, donde también transcurre la novela) a finales de siglo, cuando era joven aún y ni siquiera imaginaba que llegaría a ser un escritor tan importante. 

El primer relato tiene fecha de 1902, y fue un encargo de la revista Youth´s Companion. En la narración, de apenas trece páginas, Tom Vincent, el protagonista, lucha contra la naturaleza y el frío para poder llegar al campamento, donde le espera el calor y la compañía de otros aventureros como él. Esta versión, más breve y no tan dramática como la de 1908, nos presenta a un hombre corpulento, confiado, que no teme enfrentarse a la nieve, al frío, a la congelación, porque está seguro de que no tendrá problemas en llegar a su destino. 

En el segundo relato, de 1908, y que fue publicado en la revista The Century Magazine, tiene mucha más calidad y profundidad. El protagonista esta vez no está solo, va acompañado de un perro, y además, su extensión, treinta y cinco páginas, permite a London una lucha más agónica con el frío, más salvaje pero a la vez más detallista, porque nos muestra cómo se fabrica la muerte, y cómo el hombre se paraliza ante la inexorable naturaleza. 



Este Encender una hoguera por duplicado, como nos la presenta Periférica sorprende, es una gran oportunidad para escritores, para que puedan ver las entrañas del relato y que experimenten cómo se extiende una narración a la vez que se multiplica su contenido. 
Encender una hoguera como única salida. Encender una hoguera es más importante que los dedos, más importante que una mano, más importante que un pie. Encender una hoguera es vivir o morir, tener un arma eficaz contra el frío o dejarse llevar. La sensación de angustia y agonía que transmite Jack London en esta segunda versión de Encender una novela es tan concreta e inevitable que da miedo. Muy recomendable.