Islas divergentes

31 de octubre de 2013

Ciudad



Los edificios son las vísceras de la tierra

gritando en silencio

expuestos al sol y al óxido de nuestro odio.  



Escucho bostezar al tren cuando rompe la mañana

cansado de transportar pereza

no hay esperanza para lo que ya está muerto. 



Si hubiera tan solo un hombre de plata en la ciudad

solo uno que cogiera los órganos goteantes de tristeza y los metiera

a la fuerza

bajo los pies

ocultos al sol y sus enjambres de personas

qué alegría

de tierra y hierro reconciliado

caricia de gusanos y oro 



esperanza para minerales moribundos.


23 de octubre de 2013

Doblar tu ropa





Qué tristeza cuando no estás,

dentro

riendo entre camisetas y bragas.



Dejaste aquí tu cauce

y te llevaste la saliva

cuando no estás es el tamtám que me queda

tocar las cenizas

de tu piel de verano.



Doblo tu ropa cuando no estás

llamándote

a gritos

con mis manos.


Los cocodrilos nos quitamos la ropa


Jesús Román Brovia


Así, entre la lengua y el roce del arroyo encontramos cocodrilos que no sentíamos, que no mascábamos en las tardes de invierno cuando nos quitábamos los zapatos. Los cocodrilos llegaron de golpe a nuestras papilas y ya no quisimos ningún azúcar ni ningún chocolate: los cocodrilos eran paja para nuestra lengua de rayo.

Poco a poco se nos cayeron los dientes porque no mordíamos buscando el grito, porque no buscábamos sangre en el bolsillo. Se nos cambió la piel, se fue volviendo hierba fresca y los señores silenciosos que nos hacían nudos en el pelo se fueron llorando a la parte de atrás de los armarios.

Los gigantes que había entre nosotros fabricaron escaleras para que los pequeños les dijeran, en el sillón de la oreja, caminos donde poder ir a tomar el sol sin que ninguna arena se te caiga en la nariz, sin que ningún caracol te llene de baba los pulgares.

Mientras que los camiones pasaban rebuznando por nuestras carreteras, nosotros salimos andando siguiendo las miradas de las puertas generosas, subiéndonos a los lomos de los reyes gatos que gobiernan la noche a golpe de caricia y supimos que algún día los tomates explotarían en nuestras bocas llenándonos de dicha la amapola. 

Nuestros cuerpos acaban más allá de nuestras manos y vamos descalzos por el medio de la calle, esperando a que se suelten, a que se escapen todas las fieras que andaban calladas por miedo a meter la pata.

Aquí estoy, estamos, con las zapatillas de correr en la basura y un búho sin garra, sin calcetines,  un búho recién sacado de la hoguera para que nos enseñe el azul tormenta de la noche.