Islas divergentes

Ausencia

Claro que me acuerdo cuando andar por la calle solo era pisar charcos de incertidumbre, de niebla, y las puertas siempre abiertas. ¿Os acordáis? Teníamos en la boca el sabor de lo que estaba por llegar y era mejor que su carne, que su aparcamiento presente. Calles con ruido siempre fértil, curioso sin manija y no había puerto para repostar estos Fórmula 1 del deseo. ¡No nos hacía falta!

Sonaban canciones como piscinas de hojas verdes, los artistas nos descubrían su nervio blanco de poesía y nosotros nos agarrábamos a él, ansiosos de electricidad y delirio. Todo era demasiado poco y siempre teníamos hambre. Parecía que la ciudad se multiplicaba y podíamos quitarle la ropa mientras ella reía, borracha, mirándonos a los ojos. Hace tiempo que no la veo. Si la véis, decidle que la echo de menos.


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