Islas divergentes

Relato de un naúfrago

Adrián, tumbado en la bañera, espera a que el agua se vuelva fría y mientras, fuma un porro y piensa en su vida. El humo revolotea por la habitación, y el chico  recorre mentalmente aquellos amigos de la escuela, algunos juguetes, la visita al parque de atracciones hace tanto tiempo con sus padres, la primera chica que besó. Esa sensación de humedad. Extraña y placentera al mismo tiempo.

Al pensar en aquel beso, recuerda a Laura. Y las tetas de Laura. Y la mirada de Laura y los abrazos de Laura. Pero Laura ya no está y no va a volver. Nunca volverá.

Adrián piensa en su vida y se da cuenta que desde hace un tiempo ha empeorado muchísimo. Ha empeorado hasta tal punto, que ahora, Adrián, con diecisiete años, tiene claro que no quiere vivir más. Va a suicidarse.

Sigue pensando, tranquilo, los felices recuerdos, las buenas personas que ha conocido, intentando, así, en el último momento, encontrar algo que le salve, que le ate a la vida. Si no, él, junto a su sangre, se escurrirá dentro de poco por el desagüe. Ya tiene preparada  la cuchilla al lado del cenicero y el mechero. Se imagina su muerte. La gente que dejará atrás, quien llorará por él y quien se alegrará, pero cree que nadie se alegrará.

Piensa en Teresa, la tutora, dando la noticia en clase y mirando acusadoramente al grupo de Ismael y sus amigos. Ese grupo que no paró nunca de molestarle. Adrián piensa que incluso ellos se sentirán mal, culpables. También piensa en su familia. Su madre. Su padre se fue hace mucho y seguro que ni se entera de que su hijo está muerto.

Piensa en su madre. Recuerda todo el tiempo que ha pasado trabajando, partiéndose la espalda limpiando escaleras. Y todo por él. Por su único hijo.

Y la imagina llegando al baño, viendo la sangre, chillando como solo chilla una madre que pierde a un hijo, tropezando y cayendo al intentar llegar a la bañera. Lo zarandearía un buen rato, intentando reanimarlo, hasta comprender que su hijo está muerto. Para siempre muerto. Al final le soltaría y se quedaría llorando, sola, vacía por dentro.

Pero lo peor no sería ese golpe, piensa Adrián. Lo peor serían las miradas. La mirada  de la madre a la habitación de su hijo muerto. La mirada al reloj cuando Adrián debería volver del instituto. La mirada al tiempo que pasa, exacto y lento. Su madre desearía tener una fuerza que ya se fue por aquel desagüe, y que nunca va a volver. 

Muchos años después, será una vieja amargada, sola y huraña que no hablará con nadie. Una persona destruida, desalojada de vida y todo por culpa de él, de Adrián, de aquel momento, de aquel instante de hundimiento y de claridad mortal.

Adrián piensa, piensa, “no puedo hacerle esto. Quizá yo merezca morir. Mi madre seguro que no”. 


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