Islas divergentes

Carcoma

 Pedro Ruiz
 
En el mapa azul de los derrotados sus manos ocupan un África volcán con cerrojo entre el estómago y el cuello. Como un búfalo dormido. Como un grifo que aguanta una respiración de océano. En el kilómetro 3 de la fiebre de los hombres-balcones bullen tormentas de pan y morro fino, como vacas huérfanas del verde o de sus mugidos a la luna. 

En el canalón de sus cejas se acumula un rascasótanos húmedo y un reloj con prisa y sin piedad. Los derrotados, los ladridos menos perro, el salario más impuesto, con sus gafas para bucear un mar que les llega a los tobillos del deseo. Juan o Pilar, Antonio o María, potentes como coches caídos a mil nacimientos por segundo de un árbol de pueblo con las manos calientes en la tripa. Lanzados al engranaje en su furia y su hambre. Vómito caliente de las casas altas de los ricos puntiagudos y sin entraña propia.

¿Alguien conoce la lágrima del que se rompió al nacer?

Una vez un apretón de manos destrozó un castillo sin ojos. Se tomaron las habitaciones como quien descubre Australia o un carnaval y se celebró el cuerpo en las camas cerradas de los reyes muertos. El grito era circular y subía como un huracán, pero dejaron una corona de cucarachas en el suelo sin quemar y ahora todos buscamos el estante más alto de la avaricia. Nadie perdona al que tropieza con los cables pelados del progreso. Nadie guarda una península de su cuerpo una sábana de rocío, es imposible, y su tasa de cambio es de treinta metros de melancolía. Los niños trompeta y avispa quieren llegar al músculo de la H mayúscula que sale en la televisión, y no les importa que la lluvia no tenga ninguna H en ningún idioma. Son ellos los que nacen con el cuello oblicuo por la historia, por el mordisco tenaza de la historia que, como una garrapata se agarra al pasado y les bebe su sangre misteriosa.

Tan destrozados pero en el fondo del río de nuestras arterias hay un violín hundido que no se oxida, y que suena un balanceo rojo de las lenguas encendidas. Después de cien martillazos nace una flor, pero a ver quién guarda su nariz en la época de los golpes y los lobos.




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