Islas divergentes

4 de junio de 2014

China y su imán


La democracia baldía

Imagino a los chinos rebotados tras la caída del muro de Berlín y la URSS pensando “ahora vamos nosotros”, mecagoentó. Los imagino como estructura torpe, moviéndose lentamente y con pequeñas piezas que intentan hacerle caer (disidencia interior). Pero, en realidad, esta imagen de gigante patoso que cuida más la estética comunista que la realidad de interés hegemónico del mundo es falsa. La revolución ya había empezado antes, tras la muerte de Mao, el gran líder, en 1976. Con una economía relajada pero sustentada en un sistema dictatorial (por supuesto), China creó su propio modelo de socialismo-comunismo y puso un pie en el siglo XXI con las reformas que Deng Xiaoping, el sustituto de Mao, que pusieron, aunque ligeramente, al gigante rojo en el campo de la competitividad. Y nos jodieron la vida, claro.
Y fue entonces cuando millones de cabezas empezaron a bullir, a buscar una salida para alimentar a millones de bocas comunistas en una encrucijada que nos ha traído un Gólem que domina nuestro presente y futuro. Después de este momento de incertidumbre la cúpula comunista de china decidió cambiar su país y, de paso, cambiar el mundo.
Pues sí, cambiar el mundo, cambiarnos a nosotros más intensamente que lo que podría hacer cualquier presidente del Gobierno o cualquier mandatario de la Unión Europea. Más incluso que cualquier presidente de Estados Unidos o cualquier gran corporación.

Europa y la ruptura termómetro social

En el imaginario colectivo occidental (¿esto existe?), sobre todo europeo, los derechos sociales y laborales son una rémora, una conquista, una barricada, que ha ido sorteando el empuje del capitalismo. Estas medidas socialdemócratas (uf, qué gran palabra), vistas como una propuesta-espejismo para atraer a los izquierdistas menos fascinados por el polo soviético comunista después de la IIGM, eran un regulador de las protestas sociales en la vieja y maltrecha Europa. La cara del capitalismo se acomodaba, en parte, al pulso de la calle y ofrecía su cara más o menos amable. Y que nadie se saliera del capitalismo aunque se perdiera competitividad por las reclamaciones de más derechos. Pero este juego de lucha dentro del capitalismo, que en realidad beneficiaba tanto a manipuladores como manipulados, se rompió cuando desapareció el peligro comunista de la URSS y las protestas sociales se desinflaron de realidad para ser meros ladridos sin perro que pueda morder de manera efectiva. Y así, el cuerpo izquierdista de los países europeos y occidentales palideció de pronto y se quedó en el andamiaje. La representación teatral de una izquierda efectiva, autónoma, se vio horadada hasta el esqueleto con la pérdida del referente real (aunque ya la mayoría de la izquierda occidental se alejara del ideario soviético), dejando el campo abierto al capitalismo y a los partidos conservadores para hacer su juego de apretar y apretar y apretar a los trabajadores sin el miedo de la revuelta, sin tener que dar nada a cambio.

Y llegó China

Y en este juego teatral de derechos, de socialdemocracia y de neoliberalismo a chorro, China da un paso más y dice “os vamos a ganar con vuestras reglas”. Y se convierten en el gran matón del capitalismo. Los que más capacidad tienen para influir y para orientar la economía global, los que presionan el mercado por su lado más débil y abaratan todo. Copian todo. El empleo, el trabajo, las condiciones salariales se empobrecen hasta el escalón justo por encima de la pobreza. Millones de chinos trabajando con una idea en la cabeza, ser hegemonía mundial, y con una dirección política férrea y efectiva. Y esta es la palabra clave, la efectividad. La efectividad que, junto a la rentabilidad, hacen que China no necesite que sus ciudadanos disfruten de unas condiciones sociales de mínimos, ya que este tema ha dejado de ser una prioridad en cualquier parte del mundo hace tiempo. Por encima de los derechos sociales, de la libertad individual, de la democracia, se presenta la libertad económica, la capacidad de comprar y poseer, y en este juego los dirigentes chinos no son para nada de escayola. Tiran y sueltan una cuerda que parece que nunca se va a romper.

La crisis

Está claro que la crisis global no procede de un solo tropezón, sino de varios, de varias avaricias mal combinadas, de un dejar hacer negligente por parte de los gobiernos de los principales gobiernos mundiales, y una sobredimensión de la economía virtual sobre la economía real. Ajam. Esto está muy bien, pero creo que el martillo que suponen millones de chinos de verdad, en condiciones laborales inasumibles por el resto de países avanzados, con una dirección única, lineal, sin vicisitudes políticas, ha abierto una grieta que va a ser muy difícil salvar porque, ¿Cómo se puede competir con un país-continente de 1.300 millones de personas que no se quejan, que no votan y que solo trabajan? ¿Qué podemos ofrecer nosotros, los españoles, los europeos, los estadounidenses, incluso los alemanes, para competir con este gigante?
España ya lo ve, claro. Lo llevamos viendo tiempo, de hecho. La globalización se orienta hacia el lado más débil, y si, en otra época, los inversores internacionales orientaban sus fábricas hacia España por ser mano de obra barata dentro del mercado europeo, ¿para qué van a pagar ese plus, si pueden llevar su producción a China, o cualquier país africano o asiático que siga sus pasos? ¿No se trata todo esto, al final, de ser rentable, de ganar más, más, más?

Cuidado, porque nuestros beneficios sociales siguen estando muy por encima de los que tienen los chinos y están en el punto de mira de cualquier economista o político neoliberal. Es hora de luchar por no convertirse en chino.