Islas divergentes

30 de abril de 2014

Permanecer



La fotografía en un nido de recuerdo

tu cuerpo abriéndose en abanicos

tus manos mechero

en lo más oscuro de las calles.



Guardé la foto en la parte más savia de mi cuerpo

el pelo cayendo por tus hombros

aún me hace cosquillas.



No hay paisaje

besábamos sin freno de mano para la foto finish.



Resiste a los gusanos del calendario

ni marco ni arruga

cogíamos la lluvia con las manos

sin miedo

y nos estábamos quemando.






26 de abril de 2014




Tu lengua como venganza dulce de la cueva
algún tipo de oleaje
quién sabe qué raíz o qué riachuelo.

La silueta más borracha se desabrocha azúcar en la punta
risa y equilibrio pata coja
mi lengua no se olvida de tu olor
tu lengua no se olvida del desmayo.

18 de abril de 2014

Velocidades





Hay una velocidad que nos empuja hacia el borde, hacia el filo hambriento de los toros escondidos. Una velocidad que nos llena el pelo de hojas reventadas de aire, y hay otra velocidad que ordena los dedos en los cuerpos y no se mueven, ni siquiera un latido.
Me gusta la velocidad con la que se enamora el asesino, con la que mi salmón cruza tu cuerpo en diagonal y deja surco, la chute de gravedad y lengua pimienta de piquillo. Pero también hay una velocidad que acumula la mejor madera y deja que se pudra, la que pone cepos en todas las esquinas de la casa y de la cara, la que no puede comer a dos carrillos porque se desajusta de deseo.
Hay un encuentro en mí de lluvia que arde y de niebla sueca, en mis codos se mezcla la herida del tigre y el lamido del gato. Tengo las enredaderas voraces de mujeres y el silencio de la escritura y ya no sé si me nace un camino o me estoy desalojando de velocistas.
Y cómo saberlo si soy el hambre colmillo y el hambre que dibuja la línea de la presa, la pelusa horario de mi muerte y el terrorista que la llena de cuerpos y alegría. Soy la velocidad afilada y la velocidad cargada de otoños y qué miedo arrancar con el paso cambiado, qué desajuste de autopista y escondite en lo más volcán de la manga, cómo poder lanzarse de cuerpo o esperar el golpe y sin embargo no
hay
otra manera
y seguir respirando.

13 de abril de 2014

Crónica del concierto de ElZurdo en La Tetería de Miraflores de la Sierra








Negrita y cursiva (letras de canciones o títulos de canciones de ElZurdo)
Normal (mi comentario)

Que tú eres mi Lady halcón
oye que tu eres mi lobo amado…

Buscar en la caída del beso
encontrar su huella navegando el cuerpo
perdiendo el sabor y dejando los nombres en las orillas.

Te recorre un aullido que acaba en mi
y empezó en tu espejo.

Solo quiero saber cuando pasó el tren
y donde yo estaba mirando…

Hay un espacio en mi espalda donde no entra el viento y solo hay verano y misterio. Atarse bien los cordones para que no se te caigan los recuerdos.

Amor de perlimplín…

El baile desató el jardín que nos miraba, dando vueltas y mirando el sol cayendo. Y nuestro cuerpo cataratas.

Pero claro que puedo vivir sin ti
sin ti, sin ti vive mucha gente…

Estaba oscura la habitación y el sol del presente no perdona los ojos. En tu ombligo hay un cable de recuerdo que me lanza por los suelos.

Resurrección…

Volver a la raíz sin riendas, el río bajando de sed y dolor escondido. Reconocer la mueca de dolor en la cicatriz, caminar descalzo el fuego antiguo de los errores. Aprender la herida que se asoma, ver de lejos la fractura.

Rubis…

Levantarte y cabalgar un latido anillos de árbol, labio ignífugo sin pausa, en tus ojos se acumula la arena, playa nueva donde tomar el sol.

Quiero…

En la duna que te crece, los escondites se abren al sol y no hay marcas ni leyes en esta plaza que compartimos.

Mi cama…

Mi cama es el cajón de ausencias que cae de silencios por mi habitación. Te fuiste arrastrando mi piel habitada de pulpos y cielo abierto. Dime que aún, aún en nuestra cabaña queda una ventana.

Hay un sitio en el invierno donde dormiré contigo…

Expuestos los cuerpos en la calle como quien se abre, la ciudad se hace de noche, no puede mirarlos a la cara. Empieza el frío en las puertas cerradas, fuera ya no se agitan las caricias y no hay placa suficiente para su grieta.

Salam Aleikum…

El sur agarrado al cuerpo, el único equipaje. Y tan grande. Llegar a un piso reventando esperanza y encontrarte mudo de manos, mudo de cara, ciego de carne. 

Comentarios a canciones que el grupo ElZurdo cantó el pasado sábado 12 de Abril en la Tetería de Miraflores de la Sierra. 

9 de abril de 2014

Despertar

El día acababa de romperse, seis de la mañana, el pueblo cuesta arriba y nosotros solo teníamos la fuerza para juntarnos. Su cuerpo se agitaba bajo la ropa como si tuviera un pájaro sin aire. No hacía frío, pero la gente se dejaba caer a sus casas, cansados de batalla o deshilachados. Ella y yo chocábamos de vez en cuando, borrachos o no, quién se acuerda ya, por el suelo las riendas de la conciencia. Demasiado tarde o demasiado pronto.

Era chilena y su piel lamida por un sol artesano. En su boca se detenían las palabras un momento, luego caían suaves, cantadas. Tenía pelo color tinta, hacía pulseras y collares y 25 años. Yo pelo largo y dudas, un cuerpo quince años abriéndose y la palabra desenfocada en los labios, como quien no sabe cómo y el qué debajo, levantado de manos.

El cansancio de la noche y nuestras bocas calientes, supervivientes de la metralla y los cubatas. Mi primera vez, mi primera vez, todos los finales de las películas chocando en mi cabeza, mi primera vez y no había más opción que aceptar el verano con las dos manos, pesado y líquido.

Ella era la frutería del supermercado y mucho más. Las modelos de la tele y uf, mucho más. La búsqueda en algún punto de la niebla, canción huida de una boca y yo pasé por ahí con mi jilguero suelto. Ella era carnaval ardiendo en medio de la estepa, imposible no dejarse llevar en su baile de vocales saladas y acantilado.
Recordaba mis besos con los potros silvestres de mi pueblo y no sentía vergüenza de nuestros pequeños manzanos, de nuestra regadera tranquila, nuestras esquinas, brazos y manos en escalera. Todo tan pequeño y escondido de lo adulto. Y ahora la hormiga que descubre el laberinto del metro y llora porque no le alcanza. Veinticinco años acumulando deseo y orquestas y yo con entrada reducida para el espectáculo inesperado del sudor.

Goteábamos el día confusos, murciélagos vacíos de cuerpo y yo no sabía aún el color brillante del sexo. La risa en la pechera y la cerveza corriendo. Pareja de escalones y Sudamérica ahí tan cerca, yo que no conocía el fondo de mi bañera ni el camino del bosque y Chile bienvenido, desparramado en mi cuerpo tirando todo al pasado.

Subimos el pueblo en tirolina con los ojos cruzados, subimos todo el cuerpo hasta llegar a la espuma y su casa. Abrió la puerta como quien deja caer el tirante de un sujetador, ella me hablaba rizos y me besaba frutas desconocidas. Naufrago me llegaban olas por todos lados y qué dulce y tren chocando su cuerpo. Nunca abrir un melón fue tan fácil. Nunca la boca tan en medio de todo, atravesada de flechas y los cuerpos y el cuchillo abriendo tan suave.

Yo juntaba maniobras de lengua montaña rusa, regate o ladrido, dependía de su curva y mi sorpresa. Estábamos desnudos y sentí su latido acercarse despacio, pidiendo permiso, y luego qué decir de la palta, del maní, del tomate de árbol, de la maracuyá y de sus besos. Cómo puedo deciros que mi primera vez fue en medio del mar. Mi primera vez lamí el Aconcagua con una sed de mil sales de Uyuni. Pero cómo deciros que no tuve miedo al vértigo, a las calles de Santiago de Chile abriéndose festival por su piel, paseando por debajo del equilibrio de su tanga. No me llega el abecedario para contaros sus habitaciones, sus jardines vírgenes al ojo. Cómo. Cómo explicar que no conocía el mar hasta que en ella me atraganté de Pacífico y cuando volví a tomar aire ella ya no estaba, tan solo el recuerdo de un viaje muy largo.

7 de abril de 2014

Crónica del concierto que el pasado sábado Manuel Álvarez Ugarte y sus músicos amigos dieron en La Cabrera, presentando Jacarandá





Se atan las algas a un tambor que las libera y las sacude. Se agita una guitarra y comienza un río. Alguien mete el pie en la arena y encuentra un latido de cuerdas. No queda huella cuando cruza la tormenta de lluvia caliente. Quizá dos grados más en el oído, quizá kilómetros en la memoria. Aquí nadie se pisa los pies, buceando se comparte el aire y el hueco que deja el silencio. Los animales dormidos despiertan sus cuerpos y salen de su cueva  espectadora.

No te da tiempo a preparar el oído y pasa ella, un suspiro, en medio del muro de ruidos, como un recuerdo al que limpias de arena. Ella es la madera aprendiendo a andar, le pasa la canción por la cuerda, y la afila.

Hay una orilla donde se celebra el cuerpo, cuando las olas se despiertan.  Hay un ritual inexacto de peces y fuegos, volver la cabeza a la médula y encontrar una guitarra riendo.

Tenemos sed, la sal nos baña y los huesos se revuelven antes de la ruina. Los troncos hundidos y tiernos caen lento al fondo del río, les nacen cuerdas como venas o paracaídas.

La música navega pasos y aliento por los brazos, no hay horizonte para quien ya está abierto. Hay algo en mis dedos parecido a sus dedos hasta que suenan y me convierto en huella. El sonido trance que sonríe de puntillas.

Cuando un artesano se lava las manos, el agua escucha la música de mi amigo Manuel