Islas divergentes

15 de julio de 2015

arrastrarse por el día hasta llegar al pozo de nuestros cuerpos
prueba olímpica sagrada donde dejamos atrás el cascarón de la piel
chocar con el almíbar de las verticales que nos recorren.

Lamer el musgo que crece en nuestros huesos
bajar a lo húmedo y liberar pájaros atrapados en la oscuridad.  

Cansarnos y descansarnos todo en la misma rama de hombro o de labio.
Salir a celebrar el zumo de nuestro amor con cerveza y amigos y bares sucísimos y alegres.
En la espiral de las calles nos dejamos llevar como peonzas líquidas, héroes en la caza del kraken de carcajada que atraviesa la profundidad abisal de la noche de Madrid.

Bucear en las grutas hasta quedar aparcados en las orillas cuando se secan los vasos.

Sujetos uno al otro en la resina de la lengua y llegar a nuestra casa,

atléticos de tendones y fiebre tropezamos con el hormigueo tropical que nos sacude y nos acerca al misterio, al descanso, a la barca que cruza la oscuridad y nos lleva desnudos a la mañana y a la resaca de las olas.