Islas divergentes

26/12/2015



Esta es mi huella fosilizada que nadie encontrará, el resto del océano que estoy intentando ser, el humo del incendio de mi camino. Soy el veneno del tiempo pero aún no sé cómo derrotar sus columnas infinitas y tomar el sol en sus escombros. Huyo de mí para llegar a otro cuerpo mío que ya se acaba y ya no queda nada del animal desconocido que fui hace 10 años. Mi memoria no tiene cobertura con esta rapidez hacia delante.

Dónde llegaré en este tren de otoño y en la tarde. Cada día es más caro pelear por un asiento pero no me importa ir de pie porque mi ceguera es alimento de grillos y caracoles.

Vamos a darnos prisa en quitarnos los clavos. Tú también te mueres con los ojos mirando hacia otro lado y esto solo es una mancha en tu mapa del tesoro. Me juré ser el vino que  hiciera sonreír a los huérfanos que buscan en la noche la luz desconocida.

Intento escribir el mi desgaste, mi huida del mundo, el intento de continuarme en otros cuerpos y otras calles. En un hombre se almacenan todos los caminos pero ninguna respuesta y yo palpo el mundo con las manos como cuando era pequeño, buscando respuestas suaves.

Cada muerte es un tic en el ojo, un espacio irrepetible, un tsunami de vacío en el mundo. Cada persona caída en el pozo hace que la tierra se seque, que se contamine el bosque con raíces mudas. Hay que pelear por la muerte por cada uno de nosotros, no dejarle ningún verano que convierta en invierno.

Tengo veintinueve años más que los que no han nacido. El agua asesina me llega por las rodillas y ESTA VOZ ME PERTENECE.
Esta voz me pertenece.
Esta voz me.
Esta voz.
Esta.

Morir es el dolor del silencio.


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