Islas divergentes

Automático 07/12/2015



Los viejos olían a sopa fría. Mezcla de colores apagados, niños que llegan al otoño y tienen frío del invierno, que es donde se acaba todo. Se mueven lento los viejos, como si tuvieran cariño al suelo y no quisieran abandonarlo. Son mezcla de olivo y engranaje, tienen la piel marcada con las agujas del trabajo, como signo de sequía.

A pesar del tiempo siguen aquí, como actores secundarios e inválidos. Son libres en su espacio frágil de papel y espinas, varados con los ojos húmedos aún. Tienen un tiempo gastado en el cerebro y saben que no volverá el rocío antiguo.  

Los viejos caminan en las tardes para recordar el mundo que fueron, la velocidad de sus tendones, la fiebre que tuvieron los primeros días. Se dan la vuelta y se vuelven niños. Necesitan la guía para desaprender el mundo y dejarnos aquí, solos.

En su cansancio hay un mensaje para nosotros. Poco tiempo nos queda de pelo y poco tiempo de celebrar las noches. Pocos días para apretarnos a las revoluciones y los amigos, que aquí todo se acaba y se cierra la función. Sigue esperando el hijo que no te atreves. Tu yo del futuro desea que dejes ya ese trabajo de mierda. Tu viejo tú lo sabe.

Se mueven en grupos porque la muerte les ataca cuando se quedan solos. Edificios a punto de caerse, gafas y papeles amarillos. 

Personas que están bajando la cuesta, que todo su futuro son recuerdos y volver a caminar el paseo de su recuerdo, pero su recuerdo ya no existe. Las casas ahogadas en hormigón moderno no dejan ver su memoria. El campo, los ríos, las alpargatas y el amor con los animales. Vértices de aquel tiempo en blanco y negro desde aquí, desde el presente asesino que no olvida a sus víctimas. 

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