Islas divergentes

24 de diciembre de 2015

Automático 24/12/2015



Digamos tres años atrapado en el suelo, queriendo salir para decirnos “he vuelto, hacía frío en lo oscuro”. Digamos que fuiste un abrigo cuando me lancé fuera de casa a buscarme los límites y era intemperie, claro, ese Santiago de Chile recién abierto. Alberto, amigo, primo, negro, que tenías manos como grandes palomas de arcilla y te reías de mí cuando no me atrevía y me decías, “weón, disfruta y relájate”. Y yo que era pequeño y plumón veía tu ejemplo en las huellas del vino de tu vaso.

Tres años ya que no estás y yo miro tu perfil en el facebook, doy vueltas pensando si llamar al timbre de aquella casa que compartías con la flaca, con África, aquel puente tan delgado y firme que nos unió al principio. Hoy es 24 de diciembre y te echo de menos. Es tu cumpleaños, un cumpleaños que se alarga no sé donde ni como, pero que espero estés compartiendo con amigos, como siempre.

Me llamó África desde Chile, allá. Chuta weón, caleta de recuerdos en esa llamada. Yo que Chile lo tenía casi puesto en un estante, ahí arriba, donde guardo los mejores libros. Me dijo “siéntate, cariño” suave, así como habla la flaca que parece que te está acunando. Lo sabes bien. “Alberto. Tuvo un accidente hace una semana. Y...está muerto”. Y yo que no sabía por dónde salía el manantial del dolor. Que no tenía amigos perdidos, de repente, te me fuiste. Te nos fuiste. Te escurriste de nuestras manos que te pedían que aún no, que era demasiado pronto, que ya estaba lista la mesa. Sé que fue poco tiempo y que nuestra amistad fue intensa. 

Recuerdo aquella noche en la casa de tus padres en Los Andes, durmiendo juntos en un colchón inflable que perdía aire por todos lados. Nos contamos los secretos que nos chocaban la piel por dentro y ahí se nos hizo eterna esta amistad ya curtida. Eso era, amigo, lo que te quería decir. Que te recuerdo, que no te olvido, y gracias por todo aquello y todo esto.