Islas divergentes

5 de diciembre de 2015

Automático 5/12/2015

París, 1956 (by Robert Doisneau).

Hacíamos una hoguera con aquellas horas de estudio y madrugones y la prendíamos fuego los viernes, en la cima de la semana, justo donde empezaba la cuesta abajo y sin frenos.

Nos olíamos y nos buscábamos durante la semana. Ansiosos por descubrir colores nuevos en la oscuridad fértil de las noches de viernes y sábados. Allí donde jugábamos a perder y donde íbamos creciendo y ardiendo.

El ritual empezaba en el supermercado con la búsqueda de dinero colectivo para los vasos, el vino, los hielos y la cocacola. Brillábamos como luciérnagas siniestras que atraviesan la noche contaminando las calles tranquilas del pueblo hasta llegar al parque, escondidos de las ventanas de los vecinos y de sus vidas mansas de corderos.

Entre minis y besos íbamos desgastando la noche, bañándonos en ella como linternas que van ganando energía con el movimiento de las mareas. Como chispazos jugábamos a las cartas, nos hacíamos fotos y fumábamos sin que ningún humo empañara nuestros ojos.
Desde el pueblo llegábamos a Madrid a meternos en ese recorrido de bares escondidos, desaparecidos durante la luz, que tan solo nuestros cuerpos conocían. Nunca dejarse llevar fue tan fácil y el agua tan clara. 

¡Éramos la barca de cerveza y kalimotxo con la que descubrir la temperatura de la noche!

No conocíamos el cansancio y solo nos dejábamos llevar. La noche era un imán que huía del frío de la mañana y nosotros demasiado frágiles para soportar la eternidad en nuestras gargantas.

Creímos inventarlo todo y tan solo pasamos por ahí, por ese espacio dulce y agrio que se nos queda pegado a la lengua y que recordamos toda la vida. Amigos como altares de la complicidad y del mejor momento de nuestras vidas. Atados por siempre a aquellos momentos en que nos creímos únicos, y lo fuimos, pese al veneno del tiempo que ya estaba derribando la puerta.