¿San Valentín?

Hace unos meses terminé de escribir y organizar un libro. Un libro que se llama Hogar y que celebra aquello que sentimos, aquello que disfrutamos y que también sufrimos. Es un libro de poemas que celebra la construcción de un amor, con todos sus metales, todos sus abrigos.

Fui sincero. No escondí nada en este libro porque, como dijo Neorrabioso: «Aquí se juega a trueno o se juega a nada». Mi vida es mi poesía y no me escondo.

Hoy, varios meses después de aquella radiografía de los dedos besados, de las lágrimas tragadas y las casas caídas, ya apenas vendo libros. Ya no es novedad, ya ha caído del escaparate. Pero este hogar, esta historia, es una historia que permanece, mucho más que sus cimientos. Porque donde se derrumba la vida queda, si hay honestidad, poesía.

Porque la poesía no se destruye. Porque la poesía construye, en su diálogo, el futuro, los hogares que vendrán.

Y aquí un poema que os abre la puerta de este Hogar:

Hogar,
velocidad derrotada,
plato sin reloj ni cuenta
donde no sobrevuela un murciélago el silencio de los sillones.

Nunca nadie cambió tanto de paredes como nosotros,
lo espinoso de las camas manchadas por los monstruos de la noche,
llaves acumuladas en los cajones,
brújulas a medio hacer, derretidas como muñecos de nieve de la infancia,
refugios abandonados.

Buscamos en las calles dónde encajar nuestros cuerpos,
dónde amasar la oscuridad que construya la cueva,
que sea posible pintar con los dedos las paredes.

Se acumulan los libros,
hilos recogidos donde los hermanos pulsan su lengua,
cuerda de guitarra,
instrumento submarino común
y el mapa se hunde desgarrado por alambre de espino
nuestra carne marcada con sílabas de mordiscos cercanos
cuchillos de cocina.

La casa,
aquel animal mítico de muros como vértebras posibles,
animales de bosque,
juego de niños mayores, que encaje todo bien,
cada piedra importa, nada se escurre sobre el musgo.

Así las patrias, los mapas a la medida de los pulgares,
los sudores y el musgo, las arrugas del aquí,
lo compartido,
las marcas de nuestros ojos en la madera posible del tiempo.

 

Diablos azules / Lata despeinada

 



Hace ya 10 años bajaba todos los martes desde mi pueblo a Madrid para escuchar y leer poesía en las jams sessions del bar Diablos azules. Siempre lo digo, pero ahí me hice poeta. No solo por lo que pude escribir o escuchar, sino por la sensación de comunidad que sentí con algunos de aquellos escritores que, por suerte, hoy puedo llamar amigos. También por la sensación de estar en un lugar donde se podía aprender y crecer (recuerdo con mucho cariño la placa a mi querido Ángel González).

Durante muchos años ese fenómeno fue creciendo y los libros fueron llegando, pero para que el primero fuera posible tuvo que estar Roberto Menéndez (editor por aquel entonces de la editorial @canallaediciones) en la barra para proponerme sacar lo que luego fue #Ojoyventana. Desgraciadamente, la poesía nunca ha sido un negocio muy rentable y después de muchos años, el Diablos azules echó el cierre.

Hace unos días estaba con mi chica, Lorena, dando un paseo por los madriles, cuando me propuso acercarnos a una librería que habían abierto hacía no mucho tiempo, @latapeinada, especializada en literatura hispanoamericana. Lo que no sabía es que esa librería estaba en el mismo local que el Diablos Azules. Y así, de alguna manera, todos esos recuerdos se sienten acompañados por Nicanor Parra, Pizarnik, Leila Guerrero o Jorge Teillier. No está nada mal.

¡Larga vida a la literatura en Apodaca 6!



10 de febrero

Hay un cántaro por llenar en las raíces de tus manos pendulares y mis
manos-cresta-de-gallo.

Hay un vaso manchado de vino seco,

y el ruido,

aquel el borboteo febril de mi sangre al oler tus pasos

es hoy un lodazal

un cuaderno de hojas arrancadas

un gato olvidado en la noche fría de la memoria. 

Photo by enfantnocta on Pexels.com