7 de julio



En la foto de mi perfil estaba en una caseta de la feria del libro.
Iba a firmar mi último libro.
Me puse camisa.
De manga larga.
De flores.
Hacía calor.
Llevé la mochila llena de libros.
Pero no vino nadie.
No firmé ningún libro.

Y por eso me hice esta foto, para decirme a mí mismo:

Aunque nadie venga,
aunque nadie se acerque a leer lo que escribes,
ponte una camisa de flores,
llena la mochila con las palabras que quieres compartir,
sonríe, aunque sea un poco,
y sigue haciendo lo que tienes que hacer.

29/6/2020

En la batalla por la atención que es internet, que es este mundo internetizado, mi endeble poema hecho de barro, ramas y costras nunca vencerá a la colmena de luces y explosiones que atrapa nuestra atención. El insulto, la lucha, el conflicto en mayúsculas.
Esa batalla la tengo perdida. 


Sin embargo, yo busco la tecla que no existe entre dos palabras y, de vez en cuando, aparece. La toco, muevo los dedos en el aire, y escribo.


Leo poemas de aquellos que miraron manteles, que miraron cucharas, que miraron cejas y construyeron imperios delicados y eternos. Leo poemas de aquellas que miraron una rosa e hicieron la revolución (AP como rompehielos), de aquellas que hicieron puentes, que hicieron telares con geranios y vocales desahuciadas.
Por eso, a pesar de la velocidad, de la luz, de la ceguera, intento poner la tilde no en el acento sino en el acantilado entre vocales, en lo pequeño e importante, en las hebras que nos levantan del suelo. 


A pesar de su invisibilidad, a pesar de su nimiedad, a pesar de su silencio. A pesar de todo esto, cultivamos la palabra.


18 / 06 No hair no pain

Afortunadamente, ya tengo otra excusa para hacer el tonto y reírme de mí mismo. Porque el no tener flequillo tiene un pase y puedes jugar con ello, pero al afeitarme la cabeza un mundo de posibilidades se abre delante de mí. Si lo llego a saber me pelo antes, la de bromas y coñas que se ha perdido el mundo. Aún así, hay gente que se acerca a mí y, sin un pelo de vergüenza, me recomienda que me ponga pelo en Turquía, que me ponga un bisoñé o cualquier otra posibilidad estrambótica. Con lo fácil que es el no tener. El desapego de la calvicie, por favor, qué tranquilidad, que tacto y qué no necesidad de acomodar algo para gustar. Es así, no hay pelo, no hay nada que acomodar.

Sin embargo, hubo un tiempo en el que mis manos podían hacer una coleta sin apenas dificultad, en la que mis ondulaciones capilares, combinadas con un buen combo de champú-acondicionador, hacían de mi cabeza un mundo de posibilidades a la espera de que una mañana rebelde o un viento curioso me dejaran el pelo con formas curiosas. Y a mí me gustaba, de hecho.

Pero unos cientos de mañanas con pelos en la almohada después, aquí estamos. Y, comparando estas dos etapas, la con y la sin, me quedo con la sin. También es verdad que no me queda más narices, pero, después de 33 años en este mundo de pelos y pieles, me he dado cuenta de que, a aquellos y aquellas que me han hecho más feliz les importa bien poco la longitud de mis pelos de la cabeza y sí la capacidad de reírnos juntos.

Por lo tanto: amigos, amigas, queridos todos, preparaos para un mundo nuevo de coñas sin pelos en la lengua.




Jarabe de palo

Hace años, cuando aún no era experto en nada (o no me lo creía, al menos), cuando aún las letras significaban, cuando las canciones que no eran obras maestras me hacían llorar, a mí me gustaba Jarabe de palo. Y recuerdo cómo mi experiencia musical favorita era ver los 40 principales en la televisión, para poder ver a mis artistas favoritos (Jarabe de Palo, Andrés Calamaro o Joaquín Sabina). La Flaca fue la primera cinta que tuve, y casi la quemé de tanto de escucharla. Hoy, sin embargo, hace ya muchos años que no escucho canciones suyas, ni en youtube, ni en el coche, ni nada. Hace años que me subo a cantantes sublimes sin letras repetitivas y estribillos facilones, pero Jarabe de Palo, Pau Donés, consiguieron mucho más que la mayoría de cantantes y/o artistas: dejarme huella y ser recuerdo.

Hoy, con vergüenza por todo el tiempo sin ir a verte, te doy las gracias, Pau.


25 de mayo

Por muy rodeados que estemos, algunos siempre estamos solos. Los raros, los diferentes, los que no encajamos. Y no es por vanidad sino por búsqueda, por necesidad. Porque la vida es muy corta para no decirlo, no hacerlo, no escribirlo. Y, pese a todo, compensa, alivia.

Y tú, que también escribes, que también te sientes diferente, que también sientes que aburres cuando hablas de tus poemas, que nadie entiende hasta dónde llegan tus metáforas y lo feliz que eres al escribirlas. A ti te digo que no estás solo, que tienes cerca a otros solos, como yo, y que si todos tienen bandera nosotros tenemos una hoja en blanco. Y si ellos hablan de fútbol y coches nosotros hablaremos de cómo acecha la muerte a Pizarnik o cómo es la telaraña de Juarroz. No dejes la poesía por ser normal, por encajar en los diálogos repetidos, por ser una pieza más de relaciones de mierda que nunca buscan escucharte, tan solo que les hagas sentir menos solos. Sigue jugando, leyendo, llegando más allá, por un camino que solo tú conoces porque está hecho de tus lecturas, de la unión de esos mundos.

Por si te sirve, a mí me interesa tu viaje, tu camino, las letras que has vivido y cómo, después de todo eso, has conseguido sacar esa flora y esa fauna que tenías dentro para hacer una historia, un libro, un poema que cambie tu vida y la de los lectores. Ya me dirás dónde te pillo el libro.

20 de mayo


Los más, los muy, los que gritan

miremos a quien se gana nuestra atención, a quien tiene que aportar algo de valor, no a los más, a los muy, a los que gritan. Como en el colegio, poner la atención en ellos nos va a hacer perder el tiempo, encabronarnos y terminemos en una espiral de odio con aquellos que no aceptan el diálogo y solo imponen el ruido. No merece la pena, ni el tiempo, ni la energía.

Pensemos en las enfermeras y enfermeros que siguen dejándose los cuernos en los hospitales para salvarnos y no salen dando gritos, ni insultando, y eso que se han jugado la vida y nos han salvado a nosotros. Tomemos su ejemplo, bajemos la cabeza y busquemos cómo acabar con el virus, no con nuestros (supuestos) enemigos. 

Pensemos en cómo crecer, es el momento, tenemos tiempo. Pensemos en toda la gente inteligente y valiosa que nos han dejado los relatos de sus vidas en libros. Seamos más humildes, acudamos a ellos para seguir aprendiendo, dejemos de hablar tanto y escuchemos a los demás, a aquellos que no necesitan gritar, a aquellos que se atrevieron a ser sinceros, honestos y valientes en su oficio de decir y ahí están, esperando en la estantería, mientras el ruido de los que gritan nos llega multiplicado por la televisión, las redes sociales e incluso la calle. Hagamos lo que nos nutre y nos hace sentir bien, no lo que nos mete en el barro. No sirve de nada y es bastante estúpido salir a la calle sin las condiciones sanitarias adecuadas para condenar el ruido (o el fascismo) porque nos convertimos en peligro para los demás. 

Basta ya de héroes y heroínas que solo buscan llamar la atención y dejar que crezca su ego. Pongamos nuestro foco, nuestra energía, donde puede dar frutos, no donde solo hay odio y estupidez porque de ahí no va a crecer nada.

19 de mayo




En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.



Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:



O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.



A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.